Dicen los responsables de la Granja Interactiva Way-bi de Tecpan, a 88 kilómetros de Guatemala capital, que son felices viendo a los niños que llegan hasta allí para tomar contacto con la naturaleza. Al ser testigos de cómo los chavales ciegos se asombran de lo suave y largo que tienen el pelo los ponys de los que tanto han oído hablar. Los caballos se estremecen al sentir las manitas inseguras palpando su lomo negroazulado; esas manitas que luego, más confiadas, acarician con fuerza. Se emocionan los cuidadores cuando los críos sordos casi casi llegan a saber cómo debe ser escuchar a los animales, sintiendo en el aire las vibraciones de sus mugidos, sus relinchos o balidos. Parece que en esta granja todos están contentos. A los niños ya se les ve exultantes incluso en el autobús que los lleva por la carretera hasta la entrada, risas y canciones que son el preludio de lo que se avecina. Medio centenar de chavales de 6 a 12 años descubriendo el mundo con uno o varios sentidos menos. En teoría, porque estos pequeños momentos de felicidad les funcionan mejor que a otros un par de retinas. Y se escucha varias veces una misma exclamación que en labios de críos que caminan gracias a la guía de su bastón cobra todo su sentido: «¡Qué bonito!».






