Amanece en las playas de Alicante y se aprecian las primeras sombras sobre la arena. Parecen cruces vistas desde lejos. Se preparan casi con un ritual. El bañador, una camiseta ajustada, se revisa la cera sobre la tabla. Y a las olas. «Remar, remar y remar. Que no se escape», es lo que ronda en el pensamiento. Hay viento de Levante, o del Norte, y el mar parece que sonría. Las olas rompen. Sin ellas no habría surf. Sin surf, las costas alicantinas tendrían otro aspecto. Este deporte, al que rodea toda una forma de entender la vida, tiene cada vez más seguidores en la provincia.
Desde Torrevieja hasta Jávea, pasando por la capital, El Campello, Benidorm o Denia. Los surfistas, o surferos, como se autodenominan los practicantes del deporte, se cuentan por cientos en cada localidad y siguen creciendo. Cada vez son más los jóvenes que dan el paso definitivo para considerarse surfista. El invierno. Hace unos años la cantidad de tablas sobre el agua se reducía notablemente con la llegada del frío. Sin embargo, aunque todavía se advierte un ligero decrecimiento, el neopreno consigue romper la estacionalidad.
«Hace unos siete u ocho años que la actividad ha crecido mucho. Hará unos diez años, cuando nos juntábamos en el agua unas quince personas era todo un logro. Ahora, un día cualquiera en el que haya buenas olas, somos tranquilamente unas cuarenta. El surf va creciendo en Alicante y, cuanto más lo hace, más gente se va enganchando», explica Jorge Díaz, un veterano surfista y regente de la escuela de surf Martinika, en Playa de San Juan.
Una sensación parecida se vive en El Campello. Pese a que los habituales de la práctica en ambas localidades se conocen, cada una tiene sus respectivos clubes. Alberto Alemany es el presidente del Campello Surf Club. Con más de 150 socios, es el decano de los clubes de surf de la provincia. «El club nació hace diez años y cada vez hay más asociados y más aficionados que, pese a no estarlo, surfean con nosotros habitualmente».
Ambos surfistas reconocen que gran parte del notable incremento de aficionados se debe al papel que juegan las redes sociales en la actualidad. «Hace unos años tenías unas playas más o menos reconocidas y muchas veces tocaba recorrerlas en busca de olas buenas. Ahora, te levantas a las seis de la mañana y por un chat del móvil comentas con diez amigos la previsión de las playas y los lugares que se van visitando de manera separada, para reunirnos donde estén las mejores olas», comenta Díaz, a lo que Alemany añade que «además de pode hablar con los amigos y conocer a más gente, en nuestra web -http://campellosurfclub.blogspot.com.es- como en otras del mismo temas, hay enlaces a las cámaras web públicas de distintos lugares y podemos ver el estado del mar desde casa».
Este último detalle, el de observación del mar, también ha evolucionado con las nuevas tecnologías, ya que «hace unos año las previsiones meteorológicas eran peores pero ahora, con internet, podemos conocer mejor cuando llegarán buenas olas. Algo ha mejorado, aunque es cierto que todavía estas predicciones se equivocan muchas veces», indica Díaz entre risas.
Para iniciarse en este deporte, que requiere suma destreza, coordinación y mucho equilibrio, hay varias maneras de hacerlo, pero ninguna válida sin empeño. Tanto el Campello Surf Club como Martinika ofrecen escuelas de verano de iniciación en este deporte. En El Campello, los grupos se componen de unos diez alumnos que dirigen dos monitores. En Martinika School Surf, el profesor es Jorge Díaz, que con media docena de alumnos cada día divididos en dos turnos, enseña a niños y mayores a surcar las olas. «Siempre les digo lo mismo. Que cojan el curso pequeño, que prueben y, si se deciden a seguir intentándolo, que contraten el curso amplio. Es un deporte difícil y mucha gente, con dos revolcones en la arena, se retira. Pero el que consigue ponerse de pie, se engancha», comenta Díaz.
Junto a Jorge, destaca un pequeño gran ejemplo de surfista. Se llama Loreto Corbalán, es de Madrid y tiene nueve años. Pequeña por la edad y grande por su destreza. «En solo dos días se supo poner de pie», puntualiza el profesor. «Vio una película y, cuando llegamos a Alicante para veranear, la apuntamos a la escuela. Se nota que disfruta mucho», explica Blanca Hevia, madre de Loreto. Pero no solo de ver películas ha aprendido la niña, ya que, según relata «en invierno hago esquí, esgrima, baile y tenis y, desde ahora, en verano soy surfista», unas palabras que dice mientras se aparta el pelo mojado de la cara y se relame la sal del labio. Pero las fronteras del alumnado van más allá de la capital española. Por las manos de Jorge Díaz han pasado italianos, alemanes y franceses. De esta última nacionalidad son, precisamente, Kévin y Aubin Cortaceró. Los dos jóvenes practican skate en Francia y, han aprovechado el verano para aprender surf en las playas alicantinas. Y no acaban aquí las nacionalidades del curso. Venidos desde Dortmund, en Alemania, Ralf e Isabel Bekker, padre e hija, han escogido las tablas de surf para completar sus vacaciones en Alicante, donde veranean «de toda la vida», manifiesta el padre, en perfecto español. «Yo también probé el curso un par de días, pero desistí porque el equilibrio no es lo mío», añade entre risas el padre. Sin embargo, las caídas no mermaron la moral de Isabel, que se sienta en la orilla agotada al terminar el curso. «Es el primer año que hago surf y, aunque no es fácil, es muy divertido». La joven practica esquí en invierno, en algunos viajes a los Alpes, pero su deporte preferido es el fútbol.
Al igual que la jornada comienza con el ritual de equiparse y encerar la tabla para evitar resbalar sobre ella, la escuela Martinika ha creado un curioso ritual de despedida. Llegados a la tienda-bar con el mismo nombre, situada en la avenida de Bruselas casi en el cruce con la de Niza y que hace las veces de sede de la escuela y lugar de reunión de surfistas, espera la ducha. Pero no una ducha cualquiera. Un cubo de agua fresca, una zona abierta junto al local y uno a uno los alumnos, animándose unos a otros, se lo echan por encima con la posterior cara de impresión. Menos el que sostiene el cubo tras el remojón, todos ríen y se despiden, con distintos acentos: «hasta mañana, a ver si hay buenas olas». Dicen los círculos del surf que en el Mediterráneo no hay olas. Pues en Alicante hay surf, hay escuelas y hay afición. Aquí hay olas y para muchos años.





