
Las autoridades, al borde del estanque de Sant Vicent. / Mundo Gráfico
En los primeros días de agosto de 1912, la ciudad de Llíria vivió una jornada de fiesta. Porque la presencia de las primeras autoridades de la provincia vino a subrayar la importancia de una inauguración, la del Canal de Sant Vicent, que estaba destinado a cambiar la historia de la agricultura local en los próximos años. Por añadidura, un político liberal, Juan Izquierdo Alcaide, demostraba a las claras su predilección por la localidad.
La plaza de la Constitución, punto central de la vida ciudadana de Llíria, fue el punto de arranque de las celebraciones oficiales. Allí, a pocos metros del Ayuntamiento, fue descubierta una lápida, con un hermoso escudo, que habría de recordar durante décadas la puesta en servicio de un canal de riegos destinado a convertir en huerta unas setecientas hectáreas de los términos de Llíria y Benisanó.
Las obras habían sido muy rápidas: los recursos y el empuje de la Diputación hicieron posible el milagro de que en seis meses, desde febrero a finales de agosto de 1912, se trazaran las canalizaciones.
Durante la ceremonia, en la que se dieron cita centenares de vecinos, el protagonista fue Juan Izquierdo, presidente de la Diputación Provincial, que al fin había conseguido ver realizado su sueño: llevar a la ciudad que le vio nacer una obra hidráulica de singular importancia. Y que, sin duda alguna, consagraba su estrecha vinculación electoral con el distrito que le proyectaba a las instituciones políticas de la provincia y de la nación.
El hecho de que el nombre de Plaza de la Constitución hubiera sido cambiado por el del presidente Juan Izquierdo, el hecho de que se le hubiera nombrado hijo predilecto, era suficientemente expresivo de la corriente de admiración que las fuerzas vivas y los círculos sociales de Llíria profesaban a Juan Izquierdo y también, desde luego, a su hermano Teodoro. Porque los dos hermanos, liberales de del conde de Romanones, eran los verdaderos dueños de los destinos políticos del distrito en un momento dulce en el que era presidente del Gobierno el líder del partido, José Canalejas.
La fiesta inaugural, como era de esperar, concluyó con un banquete de agasajo. Que tuvo como escenario el más natural: el parque de San Vicent, el paraje arbolado donde brota el abundante manantial vinculado por la tradición a un milagro del santo valenciano. Esas aguas, precisamente, eran las que ahora, debidamente canalizadas, habían empezado a fertilizar huertas nuevas muy productivas de las que se beneficiarían muchas familias labradoras. Cien invitados se dieron cita en torno a la mesa. No faltó la música, como es natural en la ciudad más musical de Valencia. Y no faltó la fotografía de grupo, que se hizo en la escalera que un siglo después todavía conduce a las limpias aguas del manantial de Sant Vicent.













