Andrés Latorre trabajaba en una carpintería metálica en Valencia, pero quedó en paro, y ante las pocas perspectivas existentes, decidió emprender lo que ya llevaba un tiempo rondándole la cabeza: volver a establecerse en su pueblo, Venta del Moro, y hacerlo con fuerza, con un plan de inversión agrícola y acogiéndose a las ayudas previstas para favorecer la incorporación de jóvenes a la actividad agraria.
Ahora tiene 32 años y un serio apuro económico por delante, que no ha surgido precisamente por su culpa o por una falta de previsión, sino por el incumplimiento de un compromiso oficial que le atañe directamente: la Conselleria de Agricultura no le paga las subvenciones que debería haberle abonado a finales del año pasado, según le dijeron.
Andrés cumplimentó todos los pasos previstos. Trazó un plan de inversiones que consistía en la adquisición de 12 hectáreas de viñedos de Boba, Tempranillo y Macabeo. El importe total era de 90.000 millones. En la conselleria le aprobaron la viabilidad de su proyecto como 'primera instalación', lo que dio vía libre a la suscripción de un crédito con interés subvencionado que firmó con Caja Campo, ahora fusionada con Cajamar. Como lo previsto era que el préstamo pudiera llegar al 90% de la inversión, fueron 81.000 euros los prestados.
Ayuda cofinanciada
En la misma aprobación del plan de instalación va incluida la subvención de 36.000 euros, cofinanciados por la Generalitat, el Ministerio de Agricultura y la Comisión Europea. Pero pasa el tiempo y Andrés no ve ese dinero prometido, como les está pasando a cientos de jóvenes agricultores valencianos.
La idea de Andrés era que ese dinero le sirviera como capital circulante para su actividad y también para amortizar parte del préstamo y minorar así los intereses. Es fácil entender que cuando se empieza en algo nuevo crecen las necesidades y escasea el capital. Por eso era importante disponer cuanto antes de los 36.000 comprometidos en la resolución que le aprobaron. Y ahora resulta que, de contar con ellos al principio, ha llegado a pasar apuros y a temer que, próximamente, cuando tenga que hacer frente a la primera amortización regular, no disponga de dinero suficiente si sigue retrasándose el pago de esta ayuda.
Lo más curioso de todo es que cuando va a preguntar a la Conselleria de Agricultura, por si hay algo raro que entorpezca el asunto, le dicen que está todo bien ultimado desde hace tiempo y sólo hace falta que se dé la orden de pago desde la Conselleria de Hacienda, que en el departamento agrario no queda nada por hacer.
Otro punto llamativo es que la UE y el ministerio han habilitado sus partes de estas ayudas, pero como se tiene que pagar todo a la vez, la Generalitat no las abona porque no puede aportar el porcentaje que le corresponde.
Además tiene pendiente otro expediente de solicitud de ayuda para un plan de mejora que consistía en la adquisición de maquinaria para realizar los tratamientos contra plagas. La subvención de este plan era de casi 12.000 euros, pero al paralizarse el tema, Andrés tuvo que buscarse la vida comprando lo que pudo para salir del paso y ahora no sabe si valdrá lo de antes, si cuando se vuelva a abrir el plazo para las mejoras se tendrá en cuenta lo suyo, o por dónde deberá tirar.
Menos mal
Aún considera que ha tenido algo de suerte, porque no se lanzó a pedir otro punto que tenía proyectado, el de la reconversión de parte de sus viñedos. Si se hubiera lanzado a ello todavía estaría en peor situación, porque se habría endeudado más. Le deberían también más subvenciones, pero como no tiene ni idea de cuándo cobrará, es de alegrarse que no se atreviera a entramparse más. Menos mal.
Para salir adelante en el futuro más inmediato, Andrés centra sus esperanzas en las buenas perspectivas de precios que hay este año para la uva. El vino se está exportando, no hay stocks y sube el precio. El año pasado ya se notó. De 12 o 15 céntimos el kilo se pasó a 20-25. Ahora, como además hay menos cosecha y se espera de gran calidad, se habla de 30-40 céntimos el kilo de uva y 3,6 euros el hectógrado de vino.




