«Han pasado seis años y el metro lo uso, intento hacer vida normal, pero ya no lo hago con la tranquilidad de antes. El accidente puso mi vida a cero, lo cambió todo. Me tocó volver a empezar en muchas cosas. Ha sido duro pero hay que seguir viviendo. Yo tuve la suerte de volver a nacer ese día».
Cuando Ana Esplugues mira hacia atrás, se ve tendida en las vías, en la más absoluta oscuridad, en la llamada «curva de la muerte». Esta joven de 26 años viajaba en el metro de la Línea 1 que se accidentó un aciago tres de julio de 2006.
«Recuerdo que la gente se llamaba y que había más personas en el suelo». Son 'flashes' que regresan a su mente cuando se deja vencer por la tragedia. Permaneció 15 días en coma y dos meses en el hospital. Se fracturó las dos piernas, la clavícula y la cadera. Sufrió politraumatismos por todo el cuerpo. Entró en quirófano más de doce veces, dice que no ha llegado a contar todas las operaciones, y tuvo que hacer rehabilitación durante más de un año. Todavía hoy se «cuida».
Seis años después de formar parte del peor accidente de metro ocurrido en España y en Europa, Ana arrastra varias secuelas, las físicas y las del corazón, pero dice que tuvo suerte porque otras 43 personas que viajaban con ella ya no están aquí para contarlo. Su compañera de trabajo perdió al bebé que esperaba, recuerda con tristeza.
Ayer Ana volvió al lugar del accidente para recordarlo pero lo hizo desde la superficie, en el jardín de la calle San Vicente con Roig de Corella, el punto exacto donde, varios metros bajo tierra, se produjo el trágico descarrilamiento.
Sobre la «curva de la muerte» familias, niños, abuelos, madres, padres y amigos recordaron a sus seres queridos con cinco minutos de silencio a las 12.55, justo antes del siniestro.
Después, dejaron agarradas al vallado del jardín 90 flores, que cada asistente colocó con esmero entre música de tabalet, dolçaina y lágrimas. Algunos supervivientes, pese al tiempo transcurrido, ni siquiera tenían fuerzas para contar su historia. «Todavía no me siento con ganas de hablar de eso, disculpa. Fue muy duro», decía con pesar una de las víctimas mientras se acercaba al lugar del homenaje.
Fernanda trataba de contener el llanto. Le acompañaban sus dos hijos, que entonces tenían 4 y 9 años, para dejar una flor por su marido y padre, Antonio Volpe, un argentino de 43 años con raíces españolas que había decidido iniciar en Valencia una nueva vida porque, decía, «aquí siempre brilla el sol». Estaba feliz porque había conseguido un trabajo de electricista y ese día venía de hacer un servicio en Alboraya. Se le estropeó la furgoneta y, caprichos del destino, cogió ese metro para volver a casa.
Viva de casualidad
Amparo se libró del accidente, quizá por el mismo capricho. Realizaba el mismo trayecto todos los días para ir a la facultad pero a eso de las 13.30, media hora después del suceso. Ayer también se acercó para acompañar a las víctimas. «Me podía haber tocado a mí. Nos podía haber pasado a cualquiera. Cada vez que el tren cogía esa curva, se notaba que algo no iba bien. El vagón hacía un bamboleo extraño pero quién iba a pensar que podía salirse de la manera en la que lo hizo», se lamentaba.
La Asociación de Víctimas del metro del 3 de Julio volvió a subrayar ayer la palabra «responsabilidad». Durante estos seis años «hemos exigido respuestas, pedido justicia, denunciado que FGV tenía medios para frenar el tren y que no los utilizó en la Línea 1».
De esta manera, «lo que empezó como una lucha por saber la verdad, se ha convertido en un acto contra el olvido». El cambio de nombre de la Estación de Jesús por la de Joaquín Sorolla tampoco ayudó a los afectados a cerrar su duelo.
La asociación de víctimas volvió a pedir ayer que lo importante es conocer «las verdaderas causas del accidente para evitar que vuelva a suceder». En las camisetas que lucían muchos familiares se podía leer el mensaje «43 muertos+47 heridos=0 responsables».
Los actos, a los que acudieron también varios representantes de formaciones políticas, continuaron por la tarde con una misa y un emotivo acto en la plaza de la Virgen donde también hubo música.
«Volveremos cada tres de julio para que nadie se olvide de las personas que murieron». Algunos nombres de estas personas que viajaban en el metro se podían leer en los claveles blancos que ayer adornaban el jardín de la calle San Vicente. Flores para recordar a Maika, Milagros, María José, Laura...


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