«Papá, ¿porqué están poniendo tantas flores ahí?», preguntaba ayer un niño que pasaba con su progenitor por el jardín de Roig de Corella. Hace seis años, Valencia vivía uno de sus días más trágicos. Ambulancias, calles cortadas y sirenas de policía hacían presagiar lo peor.
Esta jornada negra todavía está grabada en la mente de muchos vecinos de la zona. Algunos no lo vivieron y para otros el tiempo ha difuminado aquel suceso. «Al principio estuve un tiempo sin coger el metro pero, poco a poco, tomas conciencia de que la vida sigue. No me gustaría estar en la piel de las personas que perdieron a algún ser querido. Algo así, en su caso, no se olvida tan fácilmente, como es lógico», señalaba Marisa, que observaba el homenaje a las víctimas a una distancia prudencial. Los que sí tienen aquel accidente grabado en sus corazones no quieren que se olvide porque esta herida «no se cura, pase el tiempo que pase», repetía ayer la madre de un fallecido. El convoy llevaba una velocidad de 83 kilómetros por hora pese a que en este tramo sólo podía circular a 40. Así lo dijo una sentencia, que se debía al exceso de velocidad, y no entendió que hubiera responsables más allá del conductor, también fallecido en el accidente.














