¿Se puede amar a un animal que mide 1,5 milímetros? La respuesta es sí cuando uno observa el cariño con el que Ignacio Docavo trata las cajas de insectos que ha atesorado a lo largo de una vida dedicada a la ciencia. El pasado martes cumplió 90 años y el próximo día 11, su legado empezará a ser trasladado a la Facultad de Biológicas, en el campus universitario de Burjassot. Será un punto y seguido en su trayectoria, conocida sobre todo por haber dirigido durante 40 años el desaparecido zoológico de Viveros.
Un asunto que prefiere no recordar mucho, sobre todo por el proyecto fallido de unir su colección, la Torres Sala y la Siro de Fez en un único edificio, en el solar donde se levantaban los recintos para animales y ahora sólo hay hierbajos, crecidos al calor de la crisis y la falta de fondos del Ayuntamiento para emprender las obras.
«Ahora parece que quieren ampliar el Museo de Ciencias Naturales para colocar parte de esas colecciones», dice antes de rememorar para LAS PROVINCIAS sus inicios en la biología y las ciencias naturales. «Empecé a los ocho años, en un pueblo de Córdoba donde veraneábamos toda la familia. Mi padre era notario y aquel fue su primer destino».
Desde entonces no se le ha ido la afición. «Cuando mis hermanos se bañaban en la playa de Alboraya, yo me metía por el barranco del Carraixet para buscar insectos». Su colección es muy especializada, con ejemplares que llegan hasta los ocho milímetros de tamaño.
«La empecé en 1964 y son unos insectos que no tienen aguijón, sino un taladro para poner huevos dentro de otros animales. Son beneficiosos porque son parásitos de plagas, de moscas que atacan a los cultivos», añade mientras coloca algunas cajas para las fotografías sobre su mesa. Ahora ya no caza porque tiene artrosis en las rodillas, aunque de vez en cuando algún discípulo le trae un ejemplar.
Y eso que su estudio es bastante complicado. «Se necesitan lentes de gran aumento», dice mientras señala las líneas de un ala o incluso las partes más pequeñas de la cabeza en unos animales que apenas se distinguen tras el cristal.
Dona su colección a la Fundación de Biológicas porque «yo la creé y he estado casi 50 años de profesor». Allí estará guardada en armarios para su estudio, en concreto en el departamento de zoología.
Su colección procede de capturas en la Comunitat. «He descubierto 40 especies de este tipo nuevas para la ciencia y 300 nuevas para la fauna española», dice como si nada, antes de precisar que en el mundo se calculan unas 40.000 distintas, de las que hay catalogadas sólo 14.800 variedades.
«Mi familia son todos gentes de leyes y el único que tenía en sus genes alguna afición a las ciencias naturales fue mi tío Rafael Alberti, que escribió muchos poemas dedicados a la naturaleza». No esta claro si es más sencillo aprobar unas oposiciones a notarías o capturar un insecto minúsculo y estudiarlo hasta desmenuzar toda la especie.
¿Qué le queda por hacer? A la pregunta responde que poner en orden su colección y escribir, aunque seguro que si algún colega le enseña un insecto recién capturado, no resiste la tentación de examinarlo bajo el microscopio.















