
Carlos Moltó y Marina Arnal, dos imprescindibles de la zona. / LP
Para recordar una plaza de Cánovas del Castillo libre de bares, tumultos y gentío, deberíamos remontarnos a los último setenta, porque con la apertura del Good Tabern de los 'pilaristas' Toni Soler y Javo Andrés, se asentaban las bases para una zona de bares de copas que durante la década siguiente marcaría todo un boom como zona de ocio que con los años imitarían otros.
Pero la sensación llegó con Duplex, un pub conceptual, sin precedentes por su diseño, originalidad y muy avanzado a su tiempo, que decoró un tal Javier Errando 'Mariscal', que proviene de una familia valenciana rebosante de creatividad artística. Con él, en el negocio copero están sus hermanos y entre ellos, Pedrín y Carlos. Allí nace el famoso taburete Duplex que fue elogiado internacionalmente por su simplicidad y al mismo tiempo por su diseño vanguardista. Exitazo rotundo y ocaso en tiempo record.
Y algo después, en el 82 aparecía Spinello, un bar musical (lo de pub llegaría más tarde ante la necesidad de bautizar el fenómeno) en la calle Serrano Morales, que marcaría un nuevo estilo de relación social con una copa en la mano.
Sus propietarios eran Quique Lozano, Nacho Gallach y Pepe Luna que nos documenta sobre la transformación de aquella plaza y calles adyacentes, que por las características sociales de su clientela, fue conocida con el tiempo como «zona nacional», una denominación que no precisa más explicaciones.
Pronto, Falele Igueravide y Paco Arnal montarían Cádillac para los más jóvenes. En la Gran Vía, el decorador Jorge Benlloch y el empresario José María Pla se lanzaban con Van Damm para ejecutivos de alto standing, que incluye el gimnasio-sauna DGV y frente a Spinello, el hostelero Fernando Villanueva inaugura Color. La llegada de Plaza representa un nuevo impulso a la zona. Lo diseña Cristobal Bellver por encargo de sus propietarios, Toni Navarro, Caco Monsell, Carlos Llobet, director de Distrito 10 y el futbolista del Valencia Pablo Rodriguez y se convierte en todo un referente.
Le Privé era otra cosa, pero dejó mucha huella. Estaba en un sótano de la Gran Vía Marqués del Turia, junto a la Torre de Valencia y lo regentaba el ínclito Jesús Saiz con su cuñado Vicente Villar. Iban famosos, hacían fiestas y actuaciones de cantantes «ninobravistas» y se llenaba cada noche en una atmósfera clásica y desenfadada.
En los ochenta los horarios eran diferentes a los de hoy. La gente iba a tomar sus copas por la tarde, a eso de las siete; desaparecía para la cena y regresaba a partir de las once para apurar su último gin tonic de Beefeater, no más tarde de las dos de la madrugada entre semana.
Valencia ha despertado y se europeíza. La gente alterna en la calle todos los días, las terrazas lo ocupan todo y Cánovas, colapsada, se convierte en imprescindible, visita obligada para expositores y clientes de la Feria de Muestras y ejecutivos de paso. Ya no quedan bajos para alquilar y cuando alguno queda libre cuesta un riñón.
La zona se expande por Salamanca y Conde de Altea que es tomada por los más jóvenes y adolescentes. Zorbas, Champagne, Mentiroso Yogui, del propietario de Ópera Javier Alastrúe, Bebé a Bordo, Baños y Duchas, Lily Marlén y otros muchos establecimientos, hacen su agosto un año y otro año para desesperación del vecindario.
Cánovas aguantó hasta bien entrados los noventa, pero también acabó sucumbiendo al desgaste del tiempo y al cerco establecido por las autoridades, ante las presiones de los vecinos desquiciados tanto tiempo por las aglomeraciones y ruidos soportados.
A día de hoy se mantiene casi exactamente igual el pub Plaza y poco más, pero desde luego, el superviviente a todos no es un disco bar, si no un clásico de las tapas, el aperitivo y las cenas rápidas que ha sido testigo, con algunas reformas, a toda una época. Me refiero al bar Cánovas que tantos y tantos bocadillos ha servido a lo largo de más de cincuenta años y que ahí sigue, ajeno a modas, zonas y generaciones.













