Nunca había ido a una corrida de toros y acabó siendo mujer de torero. Natalia Álvarez admite que se casó con Rafi Camino «enamorada no, lo siguiente». En los primeros años de su matrimonio tocó el cielo. En los tres últimos bajó al infierno. Su divorcio ha hecho correr ríos de tinta y sigue dando que hablar. Lo último, la decisión o más bien la necesidad de vender su casa de Boadilla del Monte, «porque Rafa lleva siete meses sin pagar su parte de la hipoteca». El chalé, en venta desde hace un mes, está a nombre de una sociedad de la que ambos son partícipes, una figura jurídica que hace que el diestro no esté obligado a satisfacer las cuotas mensuales.
Natalia lleva años esquivando ofertas millonarias para contar su versión, tal vez consciente de que todo lo que diga puede ser utilizado en su contra. Camino no es precisamente alérgico a los platós y ya ha explicado la suya en varios programas. Ella no quiere entrar en detalles escabrosos, pero admite llevar más de dos años de calvario. «Es mi realidad cotidiana», dice sin perder la calma ni la sonrisa. Se casó con su gran amor y, con el tiempo, terminó sintiendo que vivía con un extraño, tal vez demasiado aficionado a la noche. «Nunca he acusado a Rafa de malos tratos físicos -aclara-. Pero sí psicológicos, porque era la única manera de conseguir que no me molestara cuando ya no convivíamos. Yo sé que nadie cambia radicalmente de la noche a la mañana -admite-. Tal vez es que me casé demasiado joven».
Esta ovetense que en julio cumplirá 37 años se define como una mujer «fuerte, muy familiar y un poquito reservada». De 'jovencina', como dice todavía con acento asturiano, trabajó como auxiliar de vuelo, más tarde estudió Administración de Empresas y encontró un buen empleo en Madrid. Ahí conoció al torero. Fue un flechazo. Los que les trataron por aquella época recuerdan a una pareja sumamente embelesada. Vivían en el apartamento de alquiler que ella tenía en la calle Hermosilla. Se casaron en 2001. Y en 2003, con 28 años, Natalia se quedó embarazada. Fue en esa época cuando compraron la casa que ahora está en venta. Rafael, su hijo, de 8 años, es en palabras de su madre «lo más grande y la razón por la que no me arrepiento de nada».
Por él dice haber peleado en los tribunales. «Todo lo que he reclamado ha sido para mantener su bienestar». El niño acude desde los tres años a un colegio privado y bilingüe, por decisión de sus padres. «Lo mejor que podemos hacer es dejarle una buena educación», observa ella. Pero el resultado es una sentencia de divorcio con una pensión de 850 euros mensuales para el niño y un régimen de visitas que Rafi no siempre cumple. «Rafa no muestra la menor predisposición a ayudarme. No hablo solo de lo económico. A veces hemos logrado hablar y él ha prometido... Pero son solo palabras».
«Lo ha pasado fatal»
Natalia no espera una reconciliación con su 'ex' a corto plazo. Pero sí empieza a ver una luz al final del túnel en lo que respecta a su vida. Hace un año se reincorporó al mundo laboral creando una agencia de comunicación con un socio. Llevan dos cuentas, lo cual en los tiempos que corren, como ella misma dice, «no está mal». «En su día dejé mi trabajo por decisión propia -reconoce-, pero también influyó la profesión de mi marido». Ahora, esta asturiana combina su trabajo como relaciones públicas con colaboraciones como estilista.
A Natalia no le gusta hurgar en la herida, pero los que la conocen bien coinciden en un rotundo: «Lo ha pasado fatal». Los dos últimos años de su matrimonio, antes de que Camino diera el portazo definitivo, sufrió gran parte del tiempo en silencio, «apoyándome en mí misma», como ha llegado a reconocer alguna vez. Todo, por no romper la buena imagen que sus padres tenían de aquel simpatiquísimo yerno, al que acogieron como «el deseado varón» en una familia con cuatro hijas. Ella sabe mucho del irresistible encanto de Rafa cuando «se trata de ir de fiesta». Pero aquel sueño se convirtió en pesadilla. «Si algo he aprendido -advierte- es que puedo vivir sola». Y sola vive actualmente. Con su hijo, pero sin pareja. Tampoco la busca. Aunque puestos a pedir un deseo de cara al futuro, Natalia Álvarez se pide «una vida tranquila y un chico normal», justo antes de preguntar: «¿Existen?».






