Casi dos horas de paréntesis. Cerca de 120 minutos en el que el rock, el funk, el reggea y el pop hicieron olvidar la cuenta bancaria, las preocupaciones laborales, los recibos y la hipoteca. El concierto de Lenny Kravitz sirvió de ansiolítico para más de 3.000 personas que asistieron ayer al velódromo Luis Puig para contagiarse del optimismo que desprendió el neoyorquino sobre el escenario. Valencia, la Valencia que acudió a la cita con 'Black and white America', se entregó a él en una especie de catarsis musical. Para ser un martes cualquiera, la noche no flojeó. Lenny impuso su ritmo, el de la tradición de la música afroamericana.
Sobre el escenario, Kravitz, que acaba de cumplir los 48 años, no se siente mayor. El neoyorquino lució una estética de hippie, musculatura potente, gafas panorámicas modelo Miles Davis y ropa oscura que perfiló una imagen pretendidamente sexual.
Kravitz exhibió masa muscular y buenas dotes de showman. Abrió el concierto, tras 20 minutos de retraso, con 'Come on get it', al que le siguieron 'Mama said' y 'American woman'. Mientras cantaba esta última canción se produjo un apagón en el escenario, que dejó a oscuras el recinto. El fallo de iluminación duró alrededor de 20 minutos, en los que se encendieron los focos del velódromo y Kravitz no dejó de cantar. Restó importancia al apagón y en un guiño cómplice en inglés se ganó a la audiencia. Más tarde agradeció de nuevo a sus admiradores que hubieran sido comprensivos con el fallo de la luz.
Sus primeras palabras fueron «Everybody is all right?», a lo que el público contestó afirmativamente. «Buenas noches» y «¿Dónde están las luces?» es lo único que pronunció en castellano. Hubo noche para las nuevas melodías y para sus clásicos, como 'It Ain't Over Till It's Over', entre otros hits. El público respondió a la primera. Tarareó los estribillos, aplaudió y se rindió al músico. Entre los asistentes, veinteañeros, treinteañeras y más mayorcitos. Ellas gritaron más, eso sí. El aforo, más de 5.000 personas, según la organización, no se completó. No se vendieron todas las entradas a pesar de que ayer las ofertas en Internet casi las regalaban: el dos por uno animó las ventas. Aún así. Hubo superávit de auditorio.
Al margen de la taquilla, sobre el escenario Kravitz destiló un espectáculo con guitarras, bajo, batería, saxos, trompetas... De todo para ir del folk al funk, al rhythim and blues, reggae... El músico dibujó desde las intensas baladas hasta los sonidos más potentes.
En los últimos acordes de 'I belong to you' dejó el borde del escenario donde estaba sentado con su guitarrista y se fundió literalmente con el público. Recorrió todo el recinto, saludando y haciéndose fotos con sus fans.
Fue un concierto de buen rollo. Primero porque las canciones de 'Black and white America' -cuyo tema que da nombre al disco adornó anoche con la proyección de imágenes de su familia- desprenden optimismo e incluso fe en el futuro, como cuando canta «the future looks as though it has come around and maybe we have finally found our common ground» (el futuro parece que ha llegado y tal vez por fin hemos encontrado nuestro terreno común). Segundo, porque el público fue receptivo con el mensaje positivo de las canciones. Fuera del velódromo Luis Puig cada uno ya procurará luchar con sus armas contra la crisis, los mercados o el mismísimo demonio, pero dentro del recinto se libró otra batalla.







