La historia de Rafael Blasco en política es como la del tentetieso. Así ha sobrevivido, en primera línea, con un balanceo en ocasiones extremo que incluso en su día le llevó a saltar con aparente naturalidad de la orilla socialista a la popular. A su historial sumó el accésit de haber sido conseller con los dos grandes partidos.
Pero ahora, con la causa de las ayudas de cooperación en carne viva, Blasco tiene un problema. Entre sus compañeros de grupo ya hay quien reconoce que sufre urticaria visto lo visto. Y esta vez sí están dispuestos a un imposible: que el tentetieso caiga... aunque sea a cañonazos. Blasco, al genuino estilo Blasco, se mantiene con garbo y no duda en mandar comunicados para defender su inmaculada gestión en Cooperación aunque sea a base de Ariel. Ayer hubo otra nota de prensa para lamentar «los juicios paralelos».
Los pasillos de Les Corts hirvieron. Más de uno se hubiera jugado hasta el reloj de pedida apostando a que las horas de Blasco están contadas. La duda está en si hay que esperar a la imputación... en el caso de que esta se produzca. Sobre Blasco no pesa ninguna acusación a día de hoy y en el cabezal de su cama está cincelada la clave de todo su éxito: «Resistir».
El problema es que el PP no quiere más sesiones de control como la de ayer. Fabra acudió a Les Corts a hablar de economía. Su anuncio de que comparecerá a petición propia en la Cámara para explicar el plan de reequilibrio quedó casi en una anécdota.
El primero en mostrarse puñetero fue el socialista Antonio Torres, que apuntó en la tribuna que no pensaba que Blasco fuera a realizar la pregunta de control en el pleno de ayer: «Sobre el fraude de las ayudas de cooperación sólo esperaba la dimisión voluntaria o la destitución inmediata».
Morera también se subió al carro. Fue directo a preguntarle a Fabra si respaldaba la gestión de Blasco al frente de la conselleria de Cooperación. El presidente lamentó que los grupos de la oposición no respeten la presunción de inocencia «ni para la política ni para los políticos. Siempre ponen en tela de juicio todo lo que hacemos y luego la realidad nos da a nosotros (al PP) la razón».
Mollà recogió el testigo de su portavoz y señaló que en las responsabilidades políticas «no hay presunción de inocencia». La diputada de Compromís mordió donde más duele: en la familia. A Blasco y Clemente, que se sientan uno al lado del otro en el hemiciclo, les une un nombre: Pilar Collado. La esposa de Clemente fue la directora general de Cooperación y dimitió tras darse cuenta de que había cosas raras en aquella casa. Al menos, así lo dijo ante la juez al poner en duda la concesión de las ayudas.
La diputada tiró de ese hilo: «Señor Fabra, pregúntele al señor Clemente y a su mujer qué piensan de las mangarrufas de Blasco». A pesar de la cercanía física, ayer se escenificó en el hemiciclo que al portavoz y al nuevo coordinador de política territorial les separa un océano. Tras la sesión de control, en los pasillos, otras diputadas como Clara Tirado y Marina Albiol siguieron zumbando.
La sensación que quedó tras terminar el pleno de Les Corts fue amarga en el seno de la bancada popular. La sesión de ayer recordó por momentos a tiempos pasados en los que los casos judiciales ocupaban cada uno de los minutos de debate. Si es cierto aquello de que cuando hablan mal de uno le pitan los oídos, ayer Blasco se debió quedar sordo.
A pesar del zafarrancho, el portavoz aguantó. Como un tentetieso con un balanceo muy acusado mantuvo su escaño, justo detrás de Fabra, pero sin caer. Hoy será un nuevo día.





