Es un icono para varias generaciones y acaba de publicar disco, 'Todo empieza y todo acaba en ti'. Ismael Serrano comienza su gira el día 18 en Gandia.
-¿Qué empieza y qué acaba con este disco?
- Realmente no lo sé. No es un disco rupturista. Sí es verdad que comienzan bastantes cosas. Abre una etapa nueva para mí, trabajo con otros sonidos. Es un disco más eléctrico, volvemos a incorporar una orquesta de cuerda y agarro la guitarra para grabar. Hablo mucho de un nuevo despertar.
-Precisamente hay una canción en su disco que se llama «Despierta». ¿Hemos tenido que llegar a esta situación para despertar?
-Sí. A mí siempre me ha sorprendido el aguante de la gente. Pero la paciencia se ha colmado. La gente ha olvidado la capacidad que tiene para cambiar las cosas. Asume con resignación lo que le toca vivir. Nos hablan de la crisis como si fuera un fenómeno de la naturaleza que no se puede controlar y no es así.
-Pero aún hay gente dormida.
-Es fruto del miedo. Vivimos con la espada de Damocles encima. Los derechos se han convertido en privilegios. Las condiciones en las que trabajamos nos dan igual, tenemos bastante con poder hacerlo. El sistema nos somete a un chantaje que funciona.
-¿Y qué hacemos para escapar de este chantaje?
-Generar vínculos entre unos y otros. La ciudadanía es capaz de influir en la realidad pero no es consciente de ese potencial. El 15M, por ejemplo, ha llegado a mover la agenda política. Me gusta pensar que este movimiento ha instaurado el hábito de participar más, de debatir. Hace un año las plazas se convirtieron en grandes ágoras. Se atrajo a gente muy joven que estaba totalmente desencantada.
-¿Qué opciones le estamos dejando a esa juventud?
-Estamos excluyendo a toda una generación de futuro pero también de presente. No sólo no puede acceder al mercado laboral, sino que no puede tener el protagonismo que le corresponde. Se le está apartando de la toma de decisiones. Los jóvenes viven desencantados de los partidos políticos convencionales. Tenemos que pensar en qué futuro estamos construyendo porque, además, lo estamos haciendo sin ellos, sin tener en cuenta su opinión. De ahí viene su gran indignación.
-Puede que ahora haga menos falta la canción protesta porque la gente está más concienciada.
-La música siempre es necesaria, mucho más en la adversidad. Todos los movimientos sociales han tenido su propia banda sonora, porque tenerla crea vínculos. Las canciones dan un carácter épico a los pequeños gestos de heroicidad. Te hacen creer que no estás solo en el cuestionamiento de la realidad y eso es tremendamente útil.
-¿Le da más vértigo este mundo o el de sus primeras letras?
-Este mundo me da más vértigo que al que le cantaba hace quince años. Si antes había muchos motivos para hacer canciones, ahora hay más. La desigualdad se ha ido agravando. La sociedad se ha ido atomizando. Esa tendencia a usar al individuo como consumidor se ha acuciado. Y la comunicación entre unos y otros también es más superficial. Internet, por ejemplo, es una herramienta maravillosa pero, por otro lado, también se están perdiendo los matices.
-¿Entonces la red es buena para el activismo o también distrae?
-Las dos cosas. El activismo en la red sólo tiene sentido si se complementa en la calle. El uso de Internet ha sido tremendamente útil en las movilizaciones, por eso ahora ya se está queriendo controlar, incluso aquí en España. Pero por otro lado, es verdad que distrae, hace que no profundicemos en la información.
-¿Por qué una parte del público llama tristes a los cantautores?
-Por esto mismo que habla
mos. La cultura se está convirtiendo en un objeto de consumo de usar y tirar; a la que requiere esfuerzo se le ha excluido. Lo que vaya más allá es tildado de triste. Pasa con el cine o con cualquier propuesta cultural distinta. El término «cultureta» es peyorativo en este país. En una sociedad donde todo es fugaz, donde un éxito es un hit, un cantautor tiene poca cabida, despista.
-¿La cultura tiene que implicar en la realidad o evadir de ella?
- Tiene que ser plural. Como oyente a veces necesito una música que me evada y en otras ocasiones quiero que me hablen de una realidad tan dura que a veces ni nos la creemos. La cultura tiene que ser un espacio para la evasión pero también para la reflexión. Hay lugar para todo, como en nuestra vida, que está llena de momentos y de matices. El problema es que nos estamos uniformando, por eso nos hemos vuelto más herméticos.
- ¿Todos los músicos tienen que tener un cierto nivel de conciencia?
- Tampoco pienso eso, pero si se llaman cronistas de la realidad, me cuesta entender que tengan impermeabilidad ante lo que ocurre. Yo no puedo evitar emocionarme. Estamos perdiendo empatía.
- Empieza la gira en Gandia, ¿cómo le suele responder el público valenciano?
- Es un público muy generoso. Cuando empecé con mis primeros discos siempre me sentí muy bien acompañado en esta zona. Vamos a tocar en un pequeño escenario perfecto para la ocasión y para esos primeros ensayos llenos de ilusión y de nervios. Voy a seguir con una puesta en escena teatralizada, me apetece mucho que sea así. Y según reaccione el público, incluso, romperemos el guión.
- ¿Le gusta jugar a la improvisación?
- A veces sí. La música es un diálogo sobre el escenario. Un concierto nunca es igual a otro.




