El movimiento 15-M no ha logrado en su aniversario la movilización social que consiguió el año pasado en Valencia, al menos de momento. Si bien la manifestación del sábado por la tarde fue numerosa, la acampada posterior en la plaza del Ayuntamiento evidenció que el movimiento se desinfla.
Después de derribar la triple fila de vallas y arrasar con la mascletà nocturna, dispuesta para disparar, unos 3.000 manifestantes ocuparon la plaza. Pero a la hora de la verdad la acampada se ciñó a un centenar de personas que al final se quedó en unos 70 'indignados', los que fueron desalojados por los agentes policiales.
Y la convocatoria de ayer por la tarde fue una nueva muestra del pinchazo del movimiento: unas 400 personas como máximo se juntaron en la plaza del Ayuntamiento pasadas las 18 horas en una asamblea en la que se iba a decidir qué hacer a partir de ahora: no volver a acampar en la plaza. Pasadas las diez de la noche del domingo apenas una docena de personas permanecían en la plaza.
En esa reunión fueron varias las personas que destacaron en su intervención que el año pasado el poder de convocatoria del 15-M era muy superior y que las asambleas eran multitudinarias.
Visto lo visto, también decidieron iniciar un proceso de renovación del proyecto y, en un futuro, buscar un local desde el que centralizar «el trabajo por el pueblo». Pero eso ya lo decidirá la asamblea general del 15-M, formada por el movimiento extendido por los barrios y pueblos de la Comunitat.
En la asamblea, además, levantó la voz un joven -llevaba un pantalón muy ancho de tipo morisco- para que los miembros del movimiento, como hacen los indignados de Francia o de Italia, adopten la bandera española, «la que representa al país del que formamos parte», ni la republicana ni el símbolo anarquista. Su voz fue rápidamente acallada, pese a que el moderador pedía respeto para el joven.
El domingo se inició con aroma de triunfo reciente: manifestación y toma de la plaza. Pero sólo duró seis horas. Fue el tiempo que permaneció la acampada en la plaza. De madrugada, pasadas las cuatro, la Policía Nacional desalojó a los pocos que hacían noche entre colchonetas y tiendas de campaña.
La delegada del Gobierno, Paula Sánchez de León, ya anunció la semana pasada que no se iba a permitir una acampada. Y cumplió. La intervención policial se hizo con prudencia: quedaban unas 70 personas, muchas de ellas durmiendo.
Desde las cuatro de la madrugada varios furgones de la Unidad de Intervención Policial (UIP) se posicionaron en los alrededores de la plaza. Las 4.15 fue la hora indicada. Los agentes, unos 50, caminaron pausadamente hacia los manifestantes en varias filas y los aislaron en pequeños grupos.
Los congregados no presentaron resistencia. Los policías los identificaron y les explicaron que debían recoger los enseres, dispersarse y dejar la plaza expédita. No hubo atisbo de violencia y en poco más de media hora el lugar estaba vacío.
Tras el desalojo, la Policía rodeó la plaza con vallas metálicas cubriendo incluso las floristerías. De cerca y en varios grupos, los agentes vigilaron toda la noche para que nadie volviera a acampar. Allí permanecieron hasta la instalación de la mascletà con motivo del día de la Virgen que ayer se disparó a las dos de la tarde.
La delegada del Gobierno destacó la actuación policial «prudente, inteligente y proporcionada» en el desalojo de los acampados. «Ante la necesidad de seguir manteniendo el orden público y permitir el desarrollo con normalidad de los actos previstos, se les pidió que desalojasen, como así ocurrió», dijo Sánchez de León.
La Policía nacional no desalojó la plaza tras su invasión el sábado «por razones de prudencia, inteligencia y proporcionalidad, como siempre actúan las fuerzas de seguridad, se valoró esperar a ver si iban voluntariamente desalojándola como finalmente ha ocurrido», declaró la representante del Gobierno central en la Comunitat.







