A las hermanas Margaix se les humedecen los ojos cuando recuerdan las escenas de pánico en el incendio. Isabel comenzó a trabajar en 1990 en la empresa Fontestad, y Silvia, un año después. Las dos empleadas de la empresa citrícola acudieron ayer a la factoría de Museros para recuperar sus objetos personales y el Ford Fiesta de Isabel. El vehículo se salvó de las llamas.
«Nos han dicho que el fuego ha destruido la zona de las taquillas, pero algunas cosas se han salvado», explica Silvia con un tono sereno que invita a la esperanza. Sus compañeras sonríen por no llorar. Su hermana le da un golpe cariñoso en la espalda con la mano temblorosa y la mirada fija.
Isabel no puede desprenderse de su móvil, que guarda con mimo en su bolso, ni del recuerdo de las llamas gigantescas. «No paran de llamar nuestros amigos para darnos ánimos», afirma la joven. Cuando piensa en el incendio, entre llamada y llamada, su rostro denota una infinita tristeza, pero también impotencia y rabia. «Mi hermana y yo somos las únicas que llevamos dinero a casa», asegura Isabel con preocupación. «Si perdemos el trabajo lo tenemos muy crudo», añade.
Silvia asiente con la cabeza y corrobora las palabras de su hermana. «Mi madre es viuda. Sólo entraría su pensión en casa», señala. Otra trabajadora de Fontestad se une a la conversación para contarnos su situación. «Soy madre soltera y tengo una niña de cuatro años», dice Esmeralda Martín, de 22 años. «Mi pareja está en paro», agrega la joven.







