El mundo editorial utiliza la moda como un caladero en el que pescar sobrecogedoras historias. Cada vez más figuras de la industria del diseño deslumbran desde los escaparates de las librerías en lugar de las pasarelas. El último fenómeno se llama Isabella Blow (Londres, 1958). Pero, ¿quién era esta mujer? A Blow, que trabajó de estilista para las revistas 'Vogue' y 'Tatler', se la conoció por sus extravagantes sombreros, sus tacones afilados, su singular ropero y su olfato para descubrir la sensibilidad de jóvenes talentos.
El último fue Alexander McQueen, la irrupción más poderosa y extraña de los últimos tiempos. Mantuvieron una profunda amistad, quebrada en el último instante. Curiosamente, ambos se quitaron la vida. El modisto apareció ahorcado en su lujoso apartamento londinense en febrero de 2010, nueve días después de la muerte de su madre. Blow falleció en 2007: ingirió insecticida tras descubrir que padecía un cáncer de ovarios.
Una de sus inquietantes aficiones consistía en mostrar las cicatrices de sus repetidos intentos de suicidio. La tragedia siempre persiguió a la familia Delves Broughton. Su abuelo también terminó con su vida -se tragó un bote de herbicida- y John, su hermano pequeño, se ahogó a los dos años en la piscina de casa. Aquel accidente, del que Isabella siempre se culpó, presagió una vida atormentada.
Si antes de su muerte la influencia de esta estilista que comenzó trabajando para Guy Laroche ya era enorme, su leyenda se ha agigantado con el paso del tiempo. Su funeral, plagado de rostros famosos y poderosos, parecía un desfile. Muchos de sus allegados se quejaron de que resultó una farsa, «repleto de gente que no la quería». Fue la constatación de la pérdida de un icono y, también, de una visionaria. 'Issy' arrancó la carrera de la modelo Sophie Dahl, a la que conoció llorando en un pasillo, impulsó la del creador Hussein Chalayan y puso en el disparadero a la top escocesa de origen aristocrático Stella Tennant.
Para que no la besaran
Amante de la estética de los años veinte y de lucir vestidos de noche a plena luz del día, fue también la descubridora y musa de Philip Treacy, el sombrerero que adorna las cabezas más ricas y famosas del mundo. La suya parecía un vergel de lo emperifollada que iba. Cuentan que detrás de su afición por los tocados latía un profundo complejo de fea y que utilizaba las piezas de Treacy, al que dio de comer y habitación en su casa cuando no era nadie, como máscara y escudo. «Los llevo para evitar que la gente me bese al saludarme. No quiero que me bese cualquiera, solo quienes yo quiera», repetía a menudo.
Isabella volcó en la moda toda la frustración que acumuló en su infancia. A los 14 años, su madre la abandonó junto a sus otras dos hermanas, Julia y Lavinia. Se despidió de ellas dándoles la mano. De su padre tampoco guarda muy buen recuerdo, pues solo le legó 5.000 libras del millón en que se tasó su fortuna.
Isabella solía comentar que su incursión en el mundo de la moda se debía al recuerdo más bonito que conservaba de niña: aquel mágico momento en que se probaba un sombrero rosa de su madre. Sus matrimonios tampoco ayudaron a estabilizar su atribulada vida. Con su segundo marido y pareja durante 18 años, el marchante de arte Detmar Blow, intentó la fertilización 'in vitro' en ocho ocasiones. «Creo que tener un bebé la hubiese salvado del suicidio. Decía que había fallado en su función biológica como mujer», remarca Detmar.
La vida la trató de forma despiadada. Incluido McQueen, al que pagó 5.000 libras por la colección con la que se graduó en la Central Saint Martins y ayudó a que Gucci le comprara su marca. 'Issy' creyó que el transgresor creador le recompensaría con un puesto en la compañía, pero no le «dio ni las gracias. Solo recibió a cambio un par de prendas», según Detmar. Casi todos los personajes a los que sacó del anonimato le dieron la espalda en cuanto conseguían la ansiada fama y dinero. También se quejaba con frecuencia de no tener un marido «poderoso y multimillonario».
Stefan Brüggemann, el artista y amigo que ha plasmado en otra publicación imágenes íntimas de esta estilista mientras preparaba una cena en su exquisito apartamento de Eaton Square, reconoce que estar al aldo de Isabella resultaba tan «excitante como agotador». 'Vogue' le prohibió la entrada a sus oficinas y si bien es verdad que mucha gente que la rodeó no fue justa con ella, también lo es que «se lo buscó».
Loca por la creatividad
Detmar, el hombre que cuidó los últimos días de Isabella a pesar de que su matrimonio estuvo plagado de un rosario de infidelidades por ambas partes, asegura que su esposa era una mujer «depresiva y solitaria». Y eso que los paparazzis la cazaban siempre rodeada de un «séquito» de gente en sus innumerables salidas nocturnas. Cuando la conoció, a la salida de la Catedral de Salisbury, se quedó «sin aire» al verla con un gran sombrero de plumas de avestruz y los labios muy rojos.
Stefan Brüggemann se siente fascinado por la arrolladora personalidad de una mujer «obsesionada con la creatividad» a la que compara con Salvador Dalí. «Es uno de esos personajes que no se sabe si estaban locos de verdad o simplemente hacían el payaso». Su fondo de armario, que adquirió la no menos excéntrica Daphne Guinness, habla a las claras de la influencia de su iconografía.
«Era una estilista de ideas imposibles con un ojo clínico infalible para descubrir el talento», según Martina Rink, fundadora de la agencia Fashion Spotlight. «Era un raro espíritu libre que marcó el despegue del diseño británico. Aunque la vieras una vez, no te olvidabas de ella». Basta rascar un poco en la estética de Lady Gaga para advertir el influjo de Blow. Cinco años después de su muerte, Isabella sigue siendo una reina de la moda.






