Madurar es aburrido, pero es lo que toca, premio; no encontrarán reflexiones más profundas en esta monótona reunión de los viejos nostálgicos de una serie que no soporta comparaciones con aquellas juergas universitarias que se corrieron John Landis, Donald Sutherland y John Belushi en 'Desmadre a la americana'. ¿Qué fue del plan maestro diseñado por los terroristas del humor en los años 70? Fue desactivado, primero por el 'exploitation' escatológico del fenómeno 'Porky's', y décadas más tarde por una fuerte oleada de gamberrismo new age enraizado en un sustrato de ideología y mensaje reaccionarios sobre el que florecieron atrapamoscas juveniles de efecto instantáneo.
La que promete ser la última entrega de 'American Pie' es toda una declaración de principios con efectos retroactivos sobre una saga que, en esta ocasión, se reivindica como modelo demócrata de educación sentimental para toda una generación postadolescente; y esto último en el mejor de los casos, porque el leit motiv de este reencuentro de treintañeros infelizmente unidos no es otro que una roma perversión del peterpanismo apatowiano. Apenas hay motivos para la alegría en una película que quiere ser un bálsamo para las viejas heridas de los espectadores que han empezado a reconocer las arrugas de sus padres al verse reflejados en el espejo, quizá por eso es tan triste esta despedida con sabor a tequila de garrafón moralista y resaca pasajera, porque no se atreve a transgredir el contrato que le ata al espectador autocomplaciente.
Barajando una falsa mano de incorrección política, en la línea de propuestas tan inofensivas como 'Bridesmaids', Hurwitz y Schlossberg se plantan en la dos horas para terminar brindando por la mediocridad de la vida en pareja, un discurso del que sólo se apea Stifler, la única nota discordante de una melodía afinada para alimentar secuelas que girarán sobre la paternidad, el matrimonio, la crisis de los cuarenta.






