Lo que más le choca, como estadounidense, es que, en verano «aquí no hay quien trabaje por las tardes, y a veces es frustrante cuando sólo tengo dos meses y es imposible localizar a todos los que busco para recabar información, pero a la vez esto me da una excusa buenísima para escapar a la playa, y entonces me digo: ¡ah!, qué pena, las bibliotecas han cerrado y no podré trabajar hasta mañana».
Sarah Hamilton es de Colorado, su familia vive en New Jersey, ha estudiado Historia Ambiental en la Universidad de Michigan y ahora prepara en Valencia su tesis doctoral sobre el Parque Natural de la Albufera y todas las implicaciones medioambientales, sociales y económicas. Una combinación de orígenes, destinos y objetivos de categoría casi global «que en mi país es bastante habitual», según afirma con toda normalidad. De hecho, su tesis se llamará -ya se llama- 'La paella global'.
¿Por qué este título? Explica que es así porque la paella es de fama y presencia mundial, está en todas partes; tiene su origen aquí, en los arrozales que rodean y dan vida al Parque de la Albufera, sus ingredientes son también globales, sencillos, incluso humildes y fáciles de conseguir en cualquier lado; el plato es relativamente fácil de preparar -otra cosa es la capacidad de acertarlo-, además el arroz es el alimento básico que más se prodiga en el mundo, y en estas tierras lo implantaron los árabes, que lo trajeron de Asia.
Información exhaustiva
Por otro lado, la idea de la paella global acerca al carácter multidisciplinar de un trabajo que Sarah comenzó con unos objetivos y que, poco a poco, conforme fue avanzando, varió hacia una intensificación en tierras valencianas, extendiéndolo a infinidad de variables y matices de corte histórico, económico, sociológico y no sólo medioambientalista, aunque sigue primando este cometido.
La investigadora habla un perfecto castellano que aprendió en Segovia cuando trabajó allí, entre 2005 y 2007, como profesora de inglés. Luego lo ha perfeccionado con la lectura y en posteriores visitas a España, en las que ya entraba Valencia como destino obligado. Lleva dos años recogiendo infinidad de datos para su tesis y aún le queda otro para completar el conocimiento de lo que busca. En las universidades norteamericanas se trabaja así, nada de bromas ni trabajos superficiales o réplicas de internet.
Hace un tiempo llegó a LAS PROVINCIAS un correo electrónico en el que se demandaba contactar con Francisco Pérez Puche, ex director de este periódico, que había escrito un libro sobre la Albufera. Era Sarah, que ya estaba trabajando en ello. Pero no sólo ha contactado con Puche, y ahora en directo, también con multitud de agricultores, pescadores del lago, dirigentes de grupos ecologistas, responsables del Parque Natural como Pepe Segarra... Ha acudido a bibliotecas y un sinfín de archivos, y entre ellos, por ejemplo, ha accedido al de Miguel Ramón Izquierdo, el alcalde que paró la urbanización de la Dehesa de El Saler tras sustituir al que la promovió, Vicente López Rosat.
Ese fue precisamente el primer punto de contacto de Sarah con Valencia. Cuando estaba en Segovia y le visitaba su familia solían hacer viajes para conocer otras ciudades de España. Entre ellas, Valencia, y aquí se enamoró de la playa de El Saler. «Fue la que más me entusiasmó, por el bosque increíble que está al lado, y el lago, una maravilla». Le sorprendió además ver fincas de pisos entre la pinada y algunas calles sin terminar. Preguntó y supo que la historia fue al revés: no se estaba construyendo, sino que el proyecto se paró cuando ya se había hecho aquello. Y le informaron además de que en aquella movilización ciudadana para salvar El Saler, el diario LAS PROVINCIAS tuvo un papel esencial, al igual que luego lo tendría en el jardín del Turia.
La falta de caudales
Sarah tenía pendiente su tesis doctoral y pensó en enfocarla sobre las políticas hidráulicas en España y las sucesivas decepciones. Sabe más de estas historias que muchos pseudoespecialistas locales en la materia. Sorprende por ejemplo que hable con detalle del plan de Lorenzo Pardo de 1933, siendo Indalecio Prieto ministro de Obras Públicas, y que los embalses que se hicieron después, incluidos los construidos durante el franquismo, ya estaban diseñados desde tiempos de la República, al igual que los trasvase para llevar agua hacia el sureste, a fin de aprovechar el mejor clima para producciones agrícolas donde faltaba agua, y sigue faltando.
La investigadora norteamericana considera que uno de los problemas más graves de la Albufera es que a través de las acequias del Júcar ya no le llegan las aportaciones de agua de antaño, que ahora se quedan en La Mancha. No hay renovación adecuada, y eso, junto a la presión demográfica y de intereses de todo tipo, constituye un cóctel amenazador. Si no fuera por la protección como Parque Natural, las cosas aún estarían peor; así, afortunadamente, se mantiene, y el cultivo del arroz, la labor de los agricultores, es fundamental, porque el arrozal depura las aguas y da alimento a la fauna.
Aun así, no entiende Sarah el escaso interés valenciano por defender esta joya ecológica, salvo desde el punto de vista turístico y patrimonial. De ahí que se vean tantas agresiones, como vertederos y construcciones. Aunque no por ello reduce su estima por Valencia. Confiesa que «me gusta mucho España, y Valencia es de lo que más prefiero; la gente que he conocido es muy abierta y amable, casi todos me han dado más contactos personales para proseguir la investigación. El régimen de vida es muy diferente al de mi país. Quizás lo que más me gusta también es lo que más me raya a veces, que aquí se dé mucha importancia a la calidad de vida, los amigos, la familia y el descanso. Esto pone difícil a veces cumplir mi trabajo. Tengo amigos que centran sus investigaciones en EE.UU. o en algún rincón perdido de Asia Central y les doy mucha envidia cuando les mando fotos de la playa y de las paellas y les digo: «mira qué dura es la vida aquí».















