Las fuertes oscilaciones de la última semana han tenido final feliz: el Ibex-35 ha ganado alrededor de un punto porcentual y ha cerrado por encima de los 7.100 puntos. Incluso coincidiendo con la rebaja de la calificación crediticia de la deuda española a manos de S&P y un trágico resultado de la Encuesta de Población Activa.
Los inversores, con todo y con eso, parecen mostrar un comportamiento bastante claro, con más atención en los precios de las acciones y menos obsesión por los datos (ni siquiera cuando vienen de Estados Unidos): venden cuando el Ibex se aproxima a los 7.200 puntos y compran cuando se acerca a los 6.800. A ver si continúan comportándose así la semana que viene, que puede ser la última de la era de la austeridad si, como adelantan los sondeos, es el candidato socialista Françoise Hollande, quien se hace con la presidencia de la República Francesa y la cumbre que planea el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, para que las políticas de crecimiento sean las que manden en el Viejo Continente.
Aunque no viene bien hacerse muchas ilusiones. ¿Y si al día siguiente de ganar Hollande la prima de riesgo francesa se dispara? ¿Seguiría insistiendo el líder socialista en su discurso keynesiano o los mercados le obligarían a dar un volantazo, como en su día tuvo que darlo Zapatero? Quizá pase con Hollande lo que sucedió con el presidente Barack Obama: generó tantas expectativas, que la mayoría han quedado decepcionadas. En el mejor de los escenarios, no habrá un cambio brusco: Angela Merkel no transigirá tan pronto, aunque la caída del Gobierno holandés haga que se sienta más sola.
Tampoco hay que olvidar que el mismo día hay elecciones en Grecia y que los partidos extremos de uno y otro lado, que no han participado en las negociaciones sobre el rescate, están ganando en intención de voto.



