Este año, el 1 de mayo va a ser, más que la fiesta del trabajo, la del paro, tal como este viernes lo acreditaba la última EPA (Encuesta de Población Activa), al dar una tasa de desempleo del 24,4%. En esta calamidad social, las organizaciones sindicales y patronales tienen también responsabilidad. Tanto tiempo viviendo del erario público les ha llevado a convertirse en unas gigantescas organizaciones con demasiados funcionarios que retribuir. El mantenimiento económico de esas estructuras ha acabado siendo su prioridad, perdiendo peso su genuina razón de ser: la defensa del empleo, de los trabajadores y de los empresarios, por muy pequeños que sean. En el caso sindical, se puede entender que haya un descuento de jornada laboral para que la organización funcione. Sin embargo, es un despropósito la existencia de los liberados profesionales y blindados, que han olvidado lo que es el esfuerzo y el horario.
En medio de la mayor crisis de nuestras vidas, los sindicatos no han estado a la altura de las circunstancias. Ante un paro descomunal se han aferrado en mantener una rigidez laboral y unas condiciones de despido que impedían el ajuste de las plantillas a la producción. Hay ejemplos sangrantes donde unas posturas sindicales intransigentes han cerrado empresas o han debilitado su competitividad. Recuerdo varios casos de pequeños empresarios que han llegado a perder su patrimonio y acabar arruinados para satisfacer unas indemnizaciones desproporcionadas. Los sindicatos han conseguido que ser empresario en España sea una opción de alto riesgo para la supervivencia económica personal. Conozco algún empresario que, harto de hacer concesiones a los sindicatos ha puesto su nueva fábrica de componentes de automóvil en Indiana (EEUU), donde le es más rentable.
Pero tampoco muchos empresarios han hecho méritos ganarse la confianza de los trabajadores. Ante una situación desesperada, las reducciones de sueldo a una plantilla son más asumibles por los trabajadores cuando se ha dado ejemplo antes. Un paga de beneficios en los años de bonanza es el mejor argumento para reclamar a los trabajadores que arrimen el hombro para salvar la empresa. Si patronales y sindicatos quieren merecer respeto y dejar de estar cuestionados deben asumir dos requisitos ineludibles: vivir exclusivamente de las cuotas de los afiliados y mantenerse independientes de los partidos políticos.
Triste servicio va a hacer Rubalcaba incitando a sus militantes a tomar la calle, en lugar de darles libertad. Se equivoca el PSOE si considera que cuanto peor le vaya a España mejor le irá al partido. Si intervienen el país, la economía se perjudicará para muchos años y gobernar en esas condiciones no sería fácil para quien ha predicado que el Estado de bienestar es intocable. Capitalizar el descontento social de una crisis, en la que él es uno de los mayores responsables, resulta perverso. Es verdad que Europa nos aprieta demasiado, pero el Ejecutivo tiene que cumplir sus compromisos si quiere recuperar la credibilidad y que nos sigan prestando. Sr. Rubalcalba: demuestre que quiere a su país ante este infortunio nacional.



