El escritor vasco Pedro Ugarte realiza en 'El país del dinero' un análisis del modo de vida de los ricos y de cómo aprovechan sus privilegios en una sociedad corrompible. El autor novela una viaje de ascenso y caída de un modelo de negocio, el urbanístico, en el que se ven inmersos tres personajes con miradas muy distintas a causa de un pasado radicalmente diferente.
-¿Es tan importante el dinero?
-En la novela, realmente, es una metáfora de las condiciones económicas, un modo de acercarse a la realidad actual y al modo en que se relacionan las personas entre sí.
-¿Lo inmobiliario va mucho más allá de la economía?
-Lo que ha pasado en los últimos años en este país, desde un punto de vista novelesco, tiene mucho jugo. Hemos asistido a subidas vertiginosas y, ahora, a caídas en vertical.
-Reflexiona sobre lo fácil que es generar un pelotazo urbanístico.
-Es que el modelo urbanístico está planificado a través de líneas. Rayas que delimitan dónde se puede plantar zanahorias y en qué lugar se puede construir desmesuradamente. Quien piense que nadie intenta, de una manera subterránea, influir para lograr mover o alterar una de esas líneas es que no conoce la naturaleza humana.
-El personaje central tiene una visión muy resentida sobre la alta sociedad.
-En la novela hay cierta crítica social, pero mi deseo era explicar cómo un determinado estatus económico contamina y envenena la relación entre las personas.
-La novela se centra en la relación entre tres personajes, uno de ellos una mujer de oscuro pasado.
-Ella está inspirada, físicamente, en una mujer que conozco en la vida real y que, en la novela, tiene un punto misterioso. La ambición es un sentimiento confuso, tiene una parte buena y otra mala. Sharon es muy ambiciosa, pero no está muy claro en qué sentido.
-En la novela se explica que no sólo se ambiciona el dinero.
-Un personaje muy cínico explica que aquellos que codician el dinero, al menos, se ciñen a unas reglas. Pero hay gente que persigue otras cosas, y desentrañar esos deseos es mucho más complicado. Todos tenemos un precio, aunque no siempre se quiera cobrar en dinero.





