Cuando apenas faltan dos tardes para que se apague la Feria de Abril la hazaña manzanarista con los victorianos sigue luciendo en lo más alto y ya no creo que nadie la pueda arriar. Ha sido la gran referencia artística de la feria y del año. Ni el propio Josemari en su nueva comparecencia pudo igualarse a sí mismo. Los toros de Cuvillo, tan seguros siempre en las grandes citas, no permitieron esta vez las delicadezas artísticas del alicantino aunque, así de frágiles son los guiones en el toreo, sí le impulsaron a mostrar su cara ambiciosa y técnica que le permitieron licenciarse en materias tan necesarias en el andamiaje de un grande como la vergüenza torera, el arrojo y la responsabilidad. La imposible cadencia ante el genio de los cuvillos -qué malos cuando no son buenos- y el toreo de inspiración lo tuvo que sustituir por la firmeza y la disposición y acabó manteniendo su crédito en lo más alto. Dicho en román paladino estuvo hecho un tío.
Sucedió en la tarde de máxima expectación del ciclo abrileño, jueves de farolillos. La plaza abarrotada, la reventa por las nubes, mil euros por una barrera, el lujo rebosando por el paseo Colón, era una burbuja en la crisis. Locura, será eso, por olvidar los malos tragos, por darle un quiebro a la tasa de paro, al Ibex y al PIB, morlacos de difícil lidia en los carteles del mundo. Son días en los que se envía a tomar viento las primeras páginas de los diarios, ¡esas, ni mirarlas! y todos los ojos son para la feria. Carruajes de museo, flamencas en la grupa de los pura sangre, cocheros y criados de librea al servicio de las multinacionales, una inmersión social en los tiempos pasados que seguramente no volverán. Había motivos, toreaba Manzanares, que ya les dije que reina en Sevilla contra lo que siempre fue Sevilla y toreaba Morante, que en realidad es la Sevilla de siempre y el único que le puede disputar el trono en el corazón de los sevillanos.
Luego vinieron los cuvillos, maldita sea y lo desbarataron todo o casi todo porque con artistas de ese calado siempre hay un resto para envidarle al deleite. Ejemplo, el quite por chicuelinas de Morante al sexto. Gracia y torería, a falta de ajuste hubo armonía y compás, cada giro era un homenaje a Chicuelo el de la Alameda de Hércules, cada reunión un jipio, una foto arrancada de los archivos del maestro Luis Vidal. Un quite de los que valen la entrada aunque la entrada para entonces estaba amortizada, yo diría que en el mismo paseíllo, con la liturgia maestrante o con el roce del vecino/vecina «¡nos vemos en la feria!» que te tocó en los apretados y carísimos tendidos de Canorea. Y más aún con las agallas que sacó a pasear Manzanares para salvar el compromiso de medirse a su propio éxito. Pero si hay que rebuscar en el zurrón de lo artístico me quedo con otro quite por chicuelinas, estas con sabor a turrón de Alicante, de Manzanares claro, con más ajuste que Morante, la mano baja y el homenaje al padre y me quedo sobre todo con la media de rodillas con la que remató una intervención anterior, inspiración pura. Y más que con el gesto de echar las rodillas al suelo me quedo, detallazo, en cómo se levantó, despacioso y recreado cuando el cuerpo te pide ligereza, como mirando lo que acababa de hacer. Esa misma tarde tomó la alternativa López Simón, pagó con sangre su ascenso, derrochó ilusiones, cortó una oreja y sobrevivió que no es poco.
Del resto de la feria cuesta salvar a las otras figuras. Demasiado planas, desnudas, conformadas, en realidad poco figuras. Si acaso Talavante o la disposición de Fandiño el bravo, empeñado en ser figura. Que insista que lo consigue, la fórmula es no desfallecer como desfallecen los que se creen figuras. En cuestión ganadera la feria tampoco ha ido muy allá. Sacó nota alta Fuente Ymbro en los albores feriales y desde entonces para acá si acaso la corrida de Victorino sin ningún toro cumbre pero con un conjunto duro, entero y exigente como cabe esperar de los toros del excateto. Luego el desierto. Algún toro suelto sacó nota pero también los hubo que se colaron por no se sabe qué gatera -o sí se sabe- de las que quedan abiertas en los despachos cuando llegan los señoritos y en el conjunto privó la decepción sin explicación lógica teniendo en cuenta lo que se juegan los ganaderos en Sevilla y lo que cobran. Mañana los miuras cierran feria, ese es otro discurso.







