No me refiero a la que tan vehementemente desea Cayo Lara, sino al batacazo del safari. Don Juan Carlos tiene entrenamiento en eso de resbalarse. Si publicara un libro con todos sus partes médicos y sus victoriosas reposiciones, sus compatriotas dados a la lectura tendrían entretenimiento para rato. Hasta ahora, siempre que se ha ido al piso o a la nieve o al puñetero suelo, se ha incorporado, aunque no como si tal cosa, ya que aunque su organismo está tratado a cuerpo de rey, el azar no se anda con demasiados tratamientos. A esta hora muchos españolitos se preguntan qué estaba haciendo en el corazón de África, entre rinocerontes, lanzas y millonarios cinegéticos. Naturalmente que tiene derecho a divertirse, pero lo que puede parecer extraño a la mayoría de la gente es que sea divertido matar elefantes orográficos, con su piel de sequía y su legendaria memoria. Es carísimo además matar un elefante por gusto, solo por ver cómo se desploman sus toneladas de inocencia y se pliegan sus orejas enormes, que quizá sean los retrovisores del viento. Yo los vi desde muy cerca en libertad, allá en el parque Kruger. También ellos son los reyes, pero de la selva. El león es un chulo que custodia el territorio mientras la leona caza, pero el rey de la selva es el elefante. Todos se apartan cuando aparece. Le huyen los tigres de oro y de luto, los rinocerontes con la navaja en la frente y hasta esos bichos innombrables que, a semejanza de los viejos cortesanos, se arrastran y tienen veneno.
Quiero que se reponga el Rey, aunque sé por experiencia que eso tarda. Lo de «el pronto restablecimiento» es únicamente un buen deseo y un tópico de buena educación. Ha prestado grandes servicios en momentos inolvidables, de esos que no siempre se recuerdan. Yo estuve con él, no en la jungla, sino en Las Hurdes, en calidad de cronista cuando todavía era príncipe y repitió el viaje de su abuelo Alfonso XIII. Era un joven de gran simpatía personal, quizá empañada por una vaga tristeza. Pero eso es otra historia.






