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El campeón con dudas

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El campeón con dudas

Tuvo que cambiar la raqueta por una paleta de albañil para darse cuenta de que lo suyo era el tenis. Afable, cercano y humilde, no acaba de creerse una estrella: dice que es «el primer humano» en el ránking de la ATP

15.04.12 - 00:49 -
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Javier Piles tardó un par de años en darse cuenta de que David Ferrer tenía algo especial. Llevaba ese tiempo entrenándole, desde que sus padres habían recurrido a él para preparar al chaval sin que estuviese lejos de su casa en Xábia. Él ya sabía que el chico era brillante, porque cuando tenía quince años había formado parte del equipo valenciano en el Campeonato de España y le había visto jugar. Pero ahora se trataba de hacer de él un tenista de verdad.
Era 2001, y David participaba en un torneo challenger -algo así como la segunda o la tercera división- en Praga. Debía de andar entonces por el puesto 500 de la clasificación y le tocaba medirse con el 150.
- Javi, ve comprando los billetes para volver a casa, que voy a perder.
- Habrá que esperar a que juegues, ¿no?
- Que no, Javi, que vayas a comprarlos.
- Vale.
Contra su propio pronóstico, Ferrer ganó. Su siguiente rival, el 120, y otra vez la misma canción de los billetes. «Me dijo que al otro lo ganó porque había tenido suerte, y volvió a insistir en que fuese a la agencia a coger los billetes de avión. Pero volvió a ganar. Llegó a la última ronda de la previa, y allí se encontró con un italiano, Mose Navarra, que era el 100... y también ganó. Fue algo que me impresionó; vi que respetaba mucho a los contrincantes, pero que dentro de la pista se convertía en otra persona, que ante un problema, encontraba una solución: era un 'killer', un ganador nato».
Piles sudó la gota gorda para sacarlo adelante. «Competía bien, pero entrenaba regular». Con 16 o 17 años, David era un chico tan rebelde como cualquier otro, con las mismas ganas de pasarlo bien. A veces le hartaba tanto que lo encerraba un par de horas en el cuartito del material, con pan y agua, para que pensase un poco. «Hoy no lo haría, pero es que entonces me sacaba de quicio. Yo anulaba clases con otros y lo tenía todo preparado para estar con él a las nueve de la mañana. Llegaba, hacía cinco minutos de peloteo y me decía que ya no quería seguir. Me lo trastocaba todo, y yo le decía que si se portaba como un perro, pues le trataba como a un perro».
Un día, el muchacho estalló. Había sido una semana complicada de entrenamiento y seguía sin tenerlo claro. Le dijo que lo dejaba, que si jugaba al tenis era por culpa suya y por el capricho de sus padres. «Jaime -su padre-, le llevó a trabajar con su tío albañil a una obra. Estuvo una semana tirando de carretilla y haciendo masa, de siete de la mañana a siete de la tarde. Llegó el viernes y la hora de cobrar: 5.000 pesetas, y estaba tan cansado que no tenía ni ganas de salir. El siguiente lunes volvió a entrenar, y ya no se quejó nunca más».
Hace ya doce años de todo eso y Javier Piles sigue siendo su preparador. David ha cumplido los 30, ha domado su carácter y ha pasado de ser aquella promesa a permanecer sólidamente instalado en el top-10 mundial -ahora mismo es sexto, el segundo español- con un inacabable palmarés que incluye 14 títulos ATP y tres Copas Davis. Precisamente acaba de volver a certificar el pase del equipo español a las semifinales de esta competición.
«David tenía condiciones para haber estado antes entre los más grandes», asegura Ángel Ruiz Cotorro, médico de la Federación Española de Tenis. «Es un portento físico: tiene una capacidad de resistencia y una velocidad impresionantes; una explosividad fuera de serie. Es una de las personas mejor dotadas del circuito. Quizás le faltaba el punto de convicción que ahora tiene». Y recuerda cuando decía aquello de que era «el peor del top-100», y cómo más tarde se convirtió en «el peor del top-10 de la historia». Últimamente, es «el primero de los humanos» en el ránking de la ATP.
Bien pensado, cualquiera podría sentirse minúsculo junto a un monstruo de la talla de Rafa Nadal, capaz de hacer sombra a toda una generación de portentos. «Lo hemos hablado muchas veces -cuenta su mánager, Albert Molina- y David piensa que le ha ayudado muchísimo. Ha creado una afición espectacular por el tenis español y eso es bueno para todos: hay millones de espectadores, se paga muchísimo por las retransmisiones... Además, que Rafa se lleve el trozo gordo del pastel es normal: ha ganado doce Grand Slam, ¿no? Ahora mismo, todos son conscientes de que están haciendo historia, que están viviendo una época dorada».
«De cualquier forma, si no creyera en sí mismo, no estaría donde está», zanja Molina. «Él es consciente de que para estar al nivel de los otros hay que trabajar, y tiene esa capacidad de sacrificio, ese espíritu de superación. Es cierto que esa humildad a la hora de afrontar su carrera es también su mayor defecto: a veces parece que no se ve lo suficientemente bueno como para estar arriba, y eso es algo que hemos tenido que ir mejorando».
«Nunca nos ha dejado»
Es posible que precisamente lo que le ha frenado en la pista le haya ayudado fuera: pese a su estatus de estrella, Ferrer es sorprendentemente normal, y su vida también. «Es un chaval excepcional, con unas cualidades humanas muy por encima de su nivel tenístico. Asequible, buena persona, familiar, amigo de sus amigos. vive en el mundo real y no se le ha subido a la cabeza», resume Ruiz Cotorro. «Nunca nos ha dejado», corrobora José Ros, compañero de pandilla desde la infancia. «No ha cambiado. Tiene dinero, es famoso. pero lo primero que hace en cuanto acaba es llamar: 'Oye, que voy para Jávea'». Entonces, de tenis «se habla lo justo» y se dedican a hacer rutas en bici, salir por la zona de copas o ver algún partido de fútbol de su adorado Valencia. Eso sí, de vez en cuando, en el momento más inesperado, asoma el competidor. «Le gusta mucho jugar a la 'Play' y ganar a cualquier cosa, aunque sea el ping-pong».
Dicen que no es de gustos rebuscados. No tiene un cochazo, ni va hecho un figurín, y si un día puede saltarse la dieta y darse una alegría, probablemente pida una paella o un plato de pasta. Disfruta con la lectura -una costumbre aprendida de Pilar, su madre, profesora- y devora los best sellers: 'Los pilares de la Tierra', 'La Reina del Sur', 'Millennium'. siempre hay un libro en su equipaje. Y música. Rock viejo del país, como Platero, Reincidentes o Marea. ¿Manías? Su técnico rebusca en vano. «Él siempre espera que su madre le llame después de cada partido, esté donde esté. Y también habla mucho con el padre, que le sigue muy de cerca. Es solo una buena costumbre».
Para alguien así, estar tanto tiempo lejos de casa se hace duro. Son más de doscientas noches durmiendo fuera cada año. «Yo estoy más tiempo con él que con mi mujer -calcula Piles-, así que, en cierto modo, somos como un matrimonio. Siempre he intentado ser más entrenador que amigo, pero a veces me dice que soy como su segundo padre, y yo lo siento como mi tercer hijo. Es una vida solitaria. Las derrotas y las victorias son de uno, y las giras son pesadísimas. Es difícil tener una pareja, y a las novias hay que educarlas, que vean cómo es este mundo para que no haya desconfianza. David es muy sentimental, de relaciones tranquilas y de buscar estabilidad emocional. Le ayuda mucho estar bien con su novia, su familia y sus amigos». Seguro que al entrenador le viene a la memoria la crisis de juego y resultados que siguió a la ruptura de David con Yolanda, su chica de siempre. como también la buena racha que ha coincidido con la aparición de Marta Tornel, su pareja actual. «Al final se acaba aprendiendo a mantener la relación en la distancia. Siempre y cuando se quieran».
La brújula ya apunta a Montecarlo, próxima cita del circuito, que supone la vuelta a la misma rutina de competición, la que mantiene a David Ferrer sin un momento de respiro desde hace tantos años. Más aviones, hoteles, entrenamientos y partidos. Y los mismos jugadores. Como siempre, repasará la lista y, una vez más, aunque solo sea un momento, pensará que hay gente a la que no le cuesta jugar tan bien. Andy Roddick dijo de él en una ocasión que parecía que tuviera ruedas de la paliza que le metió, pero de eso no se acuerda. Si lo hiciese, se daría por fin cuenta de que ahora él es el grande, y que son sus rivales quienes compran los billetes de vuelta.
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