Una guerra a la puerta de casa, una hambruna, un ataque terrorista a gran escala, un tsunami, una pandemia provocada por un virus... El ser humano siente fascinación por las catástrofes y la prueba más evidente es que no hay género que le haya podido hacer sombra en la ficción. Los profetas del fin del mundo han tenido siempre muy buena prensa y sus textos han estado en las listas de 'best sellers' siglos antes de que el concepto se acuñase. El milenarismo del Apocalipsis de San Juan, las profecías de San Malaquías, Nostradamus, las hecatombres que acechan detrás de todo año que tenga guarismos redondos o capicúas...
Pocas épocas se han librado de las sombras que dibujan los agoreros en cada recoveco del calendario.
En un guiño a la siguiente cita con el fin del mundo, fijada por los que interpretan las profecías de los mayas para el próximo 21 de diciembre, tres geógrafos españoles han hecho un inventario de las áreas más seguras que existen en nuestro territorio para sobrevivivir en caso de catástrofe. No es una iniciativa hecha al buen tuntún, sino un proyecto elaborado con una metodología rigurosa que les ha llevado casi un par de años de trabajo en sus horas libres. «Es un ejercicio que combina la fascinación que sentimos por la investigación geográfica y nuestra común afición por la literatura y el cine góticos y de catástrofes», explica Jesús Tébar, portavoz del grupo.
La selección de las áreas-refugio se ha realizado a partir de unos criterios que tienen que ver con su alejamiento de las zonas de mayor densidad demográfica y de infraestructuras susceptibles de ser castigadas. «En caso de conflicto bélico o ataque terrorista los primeros objetivos son siempre las grandes poblaciones y las instalaciones que les dan servicio, sean centrales energéticas, pantanos, aeropuertos, estaciones de tren o grandes carreteras», explica el geógrafo.
Agua potable y cultivos
Pero además de estar distantes de posibles 'puntos calientes', las áreas-refugio deben reunir una serie de requisitos que garanticen la supervivencia del ser humano. No han de estar por encima de los 1.500 metros (haría demasiado frío) ni por debajo de los 800, ya que el terreno podría inundarse por la voladura de una presa. Debe haber agua potable accesible y suelos lo suficientemente ricos como para garantizar cultivos agrícolas y pastos para el ganado. «Damos por supuesto que, en caso de catástrofe, a los supervivientes no les quedaría más remedio que ser autosuficientes a todos los efectos».
Tras cruzar un ingente volumen de información los investigadores han seleccionado un total de 838 áreas-refugio que representan el 4% del territorio nacional. El resultado es un mapa que han introducido en su página web, denominada geografíaoperativa.com, y que en la práctica funciona como un inventario de los espacios naturales menos degradados de España. «El cruce de requisitos como el alejamiento de las aglomeraciones y una buena calidad del medio ambiente nos ha devuelto a la España rural que se despobló el siglo pasado», cuenta Tébar. No es casualidad, añade el geógrafo, que tres comunidades que figuran a la cabeza en los índices de pueblos abandonados -Castilla y León, Aragón y Castilla La Mancha- acojan casi tres cuartas partes de las áreas-refugio seleccionadas.
El trabajo ha puesto de manifiesto la fuerte degradación que padecen los territorios más densamente poblados. «Que solo un 4% cumpla unos parámetros de calidad medioambiental que garanticen nuestra supervivencia dice bastante de nuestra capacidad depredadora», reflexiona el geógrafo, que confía en que su mapa sea solo consultado con fines recreativos. «Nosotros no creemos en profecías, pero sí en la máxima histórica de que todas las civilizaciones nacen, se desarrollan y, de forma más o menos traumática, mueren. Es muy posible -añade- que el fin del mundo se produzca casi sin darnos cuenta, de forma tan gradual que tendremos que estar muy atentos para enterarnos». Nada mejor que tener un mapa a mano para escabullirse de ese sigiloso enemigo.