Ves las dos fotos y notas que se repite la historia y que, salvadas gorras, boinas y sombreros, muchas cosas siguen igual. Han cambiado las personas. Bueno, menos una que está en ambas. El recién nacido que aparece en la foto en blanco y negro, de 1931, es Vicente Camp, quien, ochenta años y algunos meses después, sigue en el centro de la otra imagen, sentado, delante de su hija Amparo, actual gerente de la empresa, en la misma fábrica de ladrillos macizos de barro queen 1920 fundó en Aldaia su abuelo, Ángel Custodio.
El abuelo, bisabuelo de Amparo, es quien figura en la foto antigua sentado en el centro, con pañuelo negro en la cabeza, debajo del pequeño Vicente, que está en brazos de su padre, también Vicente, abuelo de Amparo. De las dos fotos se trasluce la idea de continuidad: los patriarcas de la casa posan rodeados de sus empleados, hijos, nietos y otros familiares. Y otra constante que Signes, el fotógrafo, también supo captar ayer: la de los perros que cuidan la fábrica.
Porque ésta es una empresa familiar donde prima ante todo la continuidad. Tanto es así que sigue fabricando los mismos productos de siempre, con iguales procedimientos y con igual materia prima de siempre. Son ladrillos y baldosas de barro hecho con arcillas del Pla de Quart (Quart de Poblet, Aldaia, Alaquás, Chiva, Manises...) y de Buñol. Sin nada más. Se amasa la tierra con agua, se rellenan a mano los moldes, se dejan secar las piezas al sol y después se cuecen en el gran horno alimentado con serrín de maderas. Como toda la vida.
Lo único que ha variado, en algunos casos, es la forma de ciertas piezas, porque muchas veces se trabaja por encargo y toca reproducir piezas concretas, como las de monumentos y edificios antiguos en restauración, o bien porque arquitectos y decoradores sugieren nuevas líneas o retoques. No hay problema, se encargan al herrero unos moldes que se ajusten a lo que se necesita, y si hay que grabar algún tipo de dibujo, se completan con piezas de plástico.
Lo demás es idéntico: barro con predominio de tierra de la coloración deseada (entre blanquecina y roja), rellenado a mano de los moldes, se aprieta el pedal para que quede al descubierto la pieza, sea ladrillo, baldosa, baldosín, dibujo ornamental o lo que sea, se recoge con tiento y se apila sobre el 'palet' de madera.
Los ladrillos, 'les racholes' o 'atobons' recién hechos han de secarse primero al sol. Después, cubierta ya su primera fase, pasan al horno a través de las distintas bocanas que a continuación se irán cerrando. Cuando el horno está lleno, se enciende el serrín y el fuego describe un trayecto circular para ir repartiendo el calor. Luego habrá que esperar días a que se enfríe para ir sacando el material y paletizarlo con envoltura de film plástico. Una concesión moderna para facilitar el proceso de transporte y comercialización. El proceso dura mes y medio, y si hay heladas invernales, como días atrás, se revienta el material en fase húmeda.
Amparo, además, ha aprovechado para colocar sobre esas tiras plásticas las inscripciones de you tube y de facebook, porque los productos de Vicente Camp están en la red. Antiguos, o como los antiguos, pero actuales. Combinando la reciedumbre que siempre tuvo este material de construcción con la calidez decorativa que están descubriendo cada vez más personas, tanto particulares como técnicos de la edificaicón y la decoración.
Gracias a esta tendencia, al nuevo aprecio por los productos que hace, este 'racholar' de Aldaia consigue sobrevivir en tiempos de tan dura crisis en la construcción. Ha bajado la demanda, por supuesto, pero a diferencia de otros casos, de otros productos, resiste, a la espera de otros tiempos, gracias también a la estructura familiar y a lo que Amparo denomina 'nuestra tecnología casera'. Porque aquí no hay termómetros para medir tiempos y temperaturas de cocción, se hace todo a ojo, y sólo así consiguen dar a sus ladrillos exclusivos «la calidad y esa tonalidad asalmonada y uniforme que tanto nos diferencia y aprecian quienes nos conocen».