El reloj marcaba las cinco de la tarde del jueves. El restaurante estaba prácticamente vacío. El camarero ya había cobrado la cuenta de la mesa. Tres botellas de vino de reserva, siete cervezas, carne a la piedra, atún rojo, pimientos de Padrón, jamón, queso y cuatro postres caseros con torrijas y helado de café. Los 340 euros que pagaron por los suculentos platos y bebidas ya estaban en la caja registradora. Eran clientes habituales que solían dejar buenas propinas. Nada hacía presagiar las detenciones. Una decena de agentes irrumpieron y acabaron con la clandestinidad de Milisavljevic, Bojovic y Petric. Fue su última comida en Valencia.








