Puede cuestionarse cualquier aspecto de la reforma financiera presentada por el Gobierno este fin de semana, pero en ningún caso su voluntad de afrontar aquellas incertidumbres que mayor peso tienen en esa dañina falta de credibilidad del sector. Es posible incluso que las provisiones ahora exigidas puedan no resultar suficientes en el futuro para borrar de nuestro bancos el estigma del riesgo inmobiliario, pero no cabe duda de que se ha tratado de hacer el mayor esfuerzo para superarlo.
Es verdad que todo ello tendrá un coste para el accionista, que deberá poner cuidado en la valoración de su banco ante las nuevas necesidades de capital y, en algunos casos, ante la obligación de emprender un proceso de fusión con otra entidad. Pero sólo es posible frenar la continua volatilidad y mejorar las expectativas de los valores bancarios, si se les dota de una cierta solvencia. El esfuerzo presente es la mejor inversión a futuro.
Lo de la recuperación de los flujos de crédito, e incluso la posibilidad de que baje el precio de los pisos, pertenece al mundo de los deseos, más alejados todavía del voluntarismo. Y la limitación de las retribuciones de los directivos de las entidades intervenidas o que han recibido ayudas públicas es una decisión en la linea de intentar que el sector recobre credibilidad ante una sociedad machacada por el paro. Tal decisión debería sonrojar a quienes pudieron adoptarla mucho antes.




