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Crece el número de personas que se quitan los tatuajes por el trabajo

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Crece el número de personas que se quitan los tatuajes por el trabajo

El proceso, que cuesta entre 500 y 3.000 euros en función del tamaño, puede llegar a durar un año repartido en varias sesiones

05.02.12 - 00:41 -
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Una azafata de vuelo no puede llevar un tatuaje. Un policía tampoco. Ni un guardia civil. Y todos esos puestos de trabajo, y más en tiempo de crisis, son muy suculentos. Por este motivo, en los últimos meses ha aumentado el número de personas que acuden a un especialista para que haga desaparecer el dibujo.
No es sencillo. Eliminar un tatuaje cuesta más tiempo y más dinero que hacerlo. Mucho más. Ambos factores dependerán del tipo de grabado que uno luzca en la piel, de su tamaño, del tipo de tinta y de cuánto haya profundizado en la epidermis. «Si me viene alguien con uno de colores naranja y amarillo le digo que se vuelva a casa», advierte, en alusión a los colores más difíciles de eliminar, José María Ricart, jefe de la unidad de Dermatología de la clínica Quirón y subdirector médico de Dermiláser.
Ricart divide sus clientes en tres grupos. Uno, con edades comprendidas entre los 25 y los 33 años, aspira a formar parte de los cuerpos de seguridad del Estado y necesitan borrar el grabado de una zona visible para superar el reconocimiento médico. El segundo bloque lo forman aquellas personas que, con el paso del tiempo, cambian de estrato social y «huyen de la estigmatización del tatuaje». Y el tercero suele estar integrado por personas de otros países, fundamentalmente sudamericanos, que quieren quitarse «tatuajes más burdos y peor hechos técnicamente».
El primer grupo es el que más ha engordado y acude al dermatólogo con una prioridad: la urgencia. «Quieren ingresar en la policía o en el ejército y necesitan quitárselo cuanto antes. De ahí que no les importe que quede una cicatriz», explica Ricart, un experto en la materia después de diez años borrando recuerdos que muchos creían para siempre.
Sus ojos han visto de todo. Uno de los casos más llamativos fue el de una mujer que se había tatuado el nombre de su novio dentro de la boca, entre la encía y el labio. El 'tatoo', con delicadeza, acabó desapareciendo. Como su novio. Más habitual es una gama infinita de dibujos en la zona de los genitales. «Ahí he visto cosas realmente sorprendentes», exclama Ricart.
El precio va ligado al tamaño. Por uno pequeño, el paciente pagará unos cien euros por sesión; por uno mediano, 200, y por uno grande, 350. «El número de sesiones oscila entre las cinco y las diez, y entre una y la siguiente hay que dejar pasar un mes, y a veces dos».
La mayoría llega a la clínica empujada por el arrepentimiento. Como esa joven que fue acompañada por su madre, que ya le había advertido de los inconvenientes años atrás, y que, bromeando, le amenazó: «Cuando tengas una hija, yo le pagaré un tatuaje, para que vivas lo mismo que yo».
Una vez en la clínica, salvo que sea muy pequeño, Ricart es partidario de la anestesia local frente a la pomada anestésica. Su herramienta es el láser Q-Switch, que trabaja en nanosegundos dentro de la dermis, «donde se encuentran, encapsulados, los paquetes de bolas negras que vibran y estallan. La tinta se disuelve entre la piel y las células de defensa las reabsorben y las eliminan».
Tintas revolucionarias
El doctor Ricart también tiene hijos y sabe que es difícil razonar con un adolescente, por eso clama por que lleguen a Europa unas nuevas tintas que ya se están utilizando en Estados Unidos y que se eliminan en dos sesiones. «El aspecto es el mismo que el de un tatuaje convencional, pero es más fácil de quitar», explica para justificar que este nuevo material marcará «un antes y un después». Y recuerda que lo fundamental, si uno decide grabarse algo en la piel, es ponerse en manos de un especialista cualificado. «Hay que tener mucho cuidado: no es ninguna tontería. Hay que ser muy exigentes para que los materiales estén bien esterilizados, pues conozco casos que han sido la causa de una tuberculosis o una hepatitis B».
Y alerta también del riesgo del exotismo. En materia de tatuajes hay que sopesar varias veces las consecuencias que puede tener. Como esos viajes a Marruecos o la India en los que el turista se deja llevar ante la promesa de que el dibujo desaparecerá en unos días y que la huella queda para siempre.
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Un tatuador dibuja sobre el antebrazo de un cliente. :: AP/LAWRENCE JACKSON

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