En la plaza de Santa Mónica, en la fachada del templo del mismo nombre, un hermoso retablo de cerámica valenciana recuerda la entrada de Sant Vicent Ferrer en la ciudad, que forzosamente, si venía del norte como era el caso, tuvo que producirse por el lugar donde la placa se encuentra, la desembocadura de la calle de Sagunto, o de Morvedre, ante el puente dels Serrans.
La leyenda, incluida en la cerámica, recuerda la pregunta que le fray Francesc Eiximenis le hizo al fraile dominico a la vista de la gran acogida popular que rodeaba al famoso predicador sagrado. "I la vanitat, pare Vicent?", le inquirió con intención de probarle. "La vanita't va i ve, pero no es deté.", respondió el que habría de ser famoso santo valenciano.
Sant Vicent, en sus viajes de predicación, llegó a la ciudad en 1410, cuando dos familias, los Centelles y los Vilaraguts, se enfrentaban de modo sangriento en las calles, con numerosas víctimas. El santo medió entre ellos, pidió una y otra vez paz, y no logró fácilmente la pacificación necesaria. Después, en noviembre de 1412, después de haber intervenido en el Compromiso de Caspe, el virtuoso fraile predicador regresó a Valencia. Seis siglos han pasado desde esas visitas del santo; pero el afecto y la devoción de los valencianos hacia su persona no se ha extinguido.


















