Desde tiempos inmemoriales, los vecinos de los arrabales y alquerías de Marxalenes y la Trinitat, quienes elegían para vivir el camino de Burjassot, la calle de Sagunto, la Volta del Rossinyol o el poblado de Sant Antoni, han tenido un enemigo mortal: las riadas del Turia. Igual ha ocurrido, históricamente, en el distrito de Campanar, en la vecina barriada de Tendetes y en toda la franja de la margen izquierda de un río que se ha distinguido por la violencia de sus avenidas, especialmente durante el otoño.
La causa hay que buscarla en que la ciudad amurallada, la Valencia central, procuró defenderse con valladares, torreones y pretiles, mientras la orilla izquierda, hasta muy tarde, no fue protegida con la misma intensidad. De hecho, hay estudiosos que afirman que eso se hizo de forma intencionada, que la Junta de Murs i Valls sabía muy bien lo que hacía porque para empezar la marginal derecha está ligeramente más elevada que la izquierda del Turia.
Lo bien cierto es que el Turia solía desbordarse por Campanar y Tendetes, sobre todo porque el puente de San José se cegaba pronto y se convertía en dique con la mayor facilidad. De modo que las aguas buscaban su nivel, arrollaban la huerta, y solían acabar con vidas y haciendas. Ni que decir tiene que los que habitaban barracas y pequeñas casitas de campo llevaban las de perder ante quienes estaban protegidos por casas de mayor importancia o residían en los conventos y molinos ribereños, que desde luego no se libraban de la entrada del agua, como es el caso reiterado del monasterio de la Zaidía y del de la Trinidad.
La hondonada que configura la calle de Doctor Olóriz ha sido siempre un punto de inundación grave, como se confirmó tanto en la de 1897 como en la de 1957, con acumulación de hasta tres metros de agua. Igual puede decirse de la calle Visitación y de la calle de Sagunto, donde la riada se adueñaba de las partes más hondas -calle Lérida, mercado de San Pedro Nolasco-causando gravísimos daños. Todas las excavaciones arqueológicas que se han realizado en el entorno han mostrado a los investigadores capas de barro que remiten directamente a graves inundaciones del Turia.
La calle de Alboraya no se ha librado del Turia. El monasterio de la Trinidad, protegido por muros, ha visto llegar el agua desde el subsuelo, hasta anegar las criptas de la iglesia. Ni que decir tiene que cuando la calle, hacia Pintor Vilar, se hace más profunda, peor eran los resultados de la riada. El Campo de Vallejo fue afectado por la riada de 1957 y las aguas, en la práctica, se extendieron hasta el Camí de Trànsits, como muchos vecinos mayores sin duda recordarán.
El resultado de estas embestidas del río ha sido que las gentes de estos barrios han sido siempre especialmente duras y tenaces. Fueran agricultores o tenderos, fueran artesanos o vivieran de una humilde tabernita al borde del camino, todos sufrían por igual la tragedia de la cosecha o la mercancía arruinada. Pero todos, al unísono, se forjaron en la tenacidad de la recuperación, en la dureza del volver a empezar, la mayor parte de las veces, sobre todo en la antigüedad, sin más ayuda que la de la familia, el vecino o quienes en la parroquia comparten la hermandad.
Al mismo tiempo, la historia ha hecho que, pese a los golpes de la adversidad venida por el río, los habitantes de estos barrios se hayan arraigado más y más en ellos. Y se hayan negado a abandonar la herencia afectiva de sus mayores, para ahondar el compromiso con el amor a un barrio y una ciudad.



















