"Afortunadamente, a don Vicente Ruix, el párroco de Santiago Apóstol, le avisaron a tiempo. Una voz de mujer, por teléfono, le dijo que estuviera en guardia porque venía una riada. Y le recomendó que procurara avisar a los vecinos del barrio. Si el río se salía, Marchalenes estaba en serio peligro. De modo que despertó a los habitantes de las plantas bajas de la calle Doctor Olóriz, especialmente a los de la parte más honda y en riesgo, y los fue concentrando en la iglesia y en el cine parroquial, que en verano funcionaba con el nombre de Terraza Olóriz.
El agua llegó con mucha más fuerza de la que temía el párroco y quien le había dado la alarma. Tanta, que los que se habían refugiado en la iglesia salieron del templo y buscaron un lugar más seguro, en el cine. Vicente Ruix, con agua por la cintura, rescató el Sagrario, trabajosamente, y lo puso en lugar seco.
Pero los concentrados en el cine quedaron aislados, viendo con horror que el agua subía y subía y que les empujaba angustiosamente. Al final se vieron en la necesidad de perforar el techo y por una pequeña abertura pasar, uno por uno, al tejado del edificio. Incluso una señora que pesaba casi cien kilos ascendió a lo más alto.
Vicente Ruix, animoso y jovial, recordaba en 1967 las vivencias de diez años atrás: «Me convertí en el capitán de aquella gente. Los hombres y los chicos jóvenes se pusieron a mis órdenes. Hicimos una balsa.»
Escuela de robinsones: reunieron troncos y tablones, cuerdas y otros aperos arrastrados por las aguas y remansados en las inmediaciones del cine convertido en isla. Los obreros más diestros del grupo fueron llamados y entre todos construyeron un arca que milagrosamente flotó. A bordo de ella, en la oscuridad de la noche, recorrió el barrio, cruzó la calle Doctor Olóriz y consoló a los que estaban en apuros. La casa abadía se derrumbó durante las primeras horas de la inundación. El templo parroquial perdió la cúpula a los cuatro días de la riada, cuando se estaba estudiando si podría sobrevivir a los efectos de una corriente que le había minado los cimientos. El cine, sin embargo, se mantuvo en pie con firmeza.
«De allí tuvieron que ser salvados a la mañana siguiente con grave riesgo. En la parroquia de este barrio entró, nadando, un caballo, que pudo salvarse subido toda la noche sobre la mesa del altar mayor, con el cuello estirado para mantener la cabeza por encima de las aguas», escribió José María Cruz Román en «Historia de una fecha».
Onofre Andrés, párroco de Santiago Apóstol, corrobora el hecho: «Recuerdo haberle oído contar la historia del caballo a don Vicente. Era muy valiente e hizo una labor estupenda; ayudó mucho a la gente. Y los vecinos nunca lo olvidaron. Porque esta calle de Doctor Olóriz, no hay más que verlo, es una hondonada y aquí se puso muchísima agua; la calle estaba configurada por casitas muy bajas, de las que ya no quedan casi. Pero está claro que se sufrió mucho.»
En las Escuelas Olóriz la placa que señala la altura del agua está a casi tres metros del suelo. Casi nadie lo sabe ya, salvo los mayores, pero las dos riadas trajeron horas de angustia. Onofre Andrés Cuenca sucedió en la tarea pastoral a Vicente Ruix y heredó el afecto del barrio por un hombre que lo había dado todo por su gente.
«Vicente Ruix Blay murió el 3 de diciembre del año 1973. A mí me mandaron a ayudarle en la parroquia en el mes de febrero de ese año y murió unos meses después. Recuerdo que estaba sordo y diabético, que se le olvidaban las cosas. Pero quiso trabajar hasta el final por su gente. Su familia tenía una casita en La Cañada y le decían que descansara allí; pero no quiso retirarse del todo.»
(Del libro "Hasta aquí llegó la riada", de Francisco Pérez Puche. 2007)


















