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Prisioneros del frío

04.02.12 - 00:20 -
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Un sin techo es atendido por la unidad X4 de la Policía Local de Valencia por el frío. / Juanjo Monzó
El frío barrió la ciudad. Valencia está desierta en una noche desapacible. Sólo algunos pequeños grupos de jóvenes de gaznate húmedo perturban la paz. Es jueves por la noche, tiempo de universitarios joviales para quienes el termómetro es una anécdota. Cruzan risueños las calles, ajenos a los dramas humanos que pespuntean la ciudad.
No todos son risas felices en la ciudad oscura. En los rincones, algunas vidas están varadas. Hombres y mujeres sin recursos. Sin familia. Sin hogar. Sin nada de nada. Las noticias alertan de una noche de perros. El frío aprieta, pero no tanto como se presumía. El mercurio no llega a traspasar la frontera psicológica de los cero grados. Se mantiene en los 3º. Llega a bajar a los 2º. Suficiente para hacer insoportable una noche al raso.
Una pareja de la X4, la unidad de la Policía Local que se encarga de controlar a los sin techo, patrulla la ciudad. En noches así de perras no pueden dejar a los indigentes a su suerte, a su mala suerte. La jornada empieza con el rescate de una mujer que se retuerce de frío junto a un contenedor. La cubren con una manta, la suben a la furgoneta y se la llevan a uno de los pisos de acogida, centros de baja exigencia que les llaman, un eufemismo para abrir la puerta a personas con dependencia del alcohol o las drogas que no acatan las normas de los albergues convencionales. En noches así hay que hacer la vista gorda.
En estas viviendas trabajan voluntarios de las oenegés Rais y Obra Mercedaria. Hay diez plazas para aliviar la noche. Una es para la mujer del contenedor, que se cubre con la manta hasta los ojos. Por frío. Por vergüenza. Un aviso obliga a reemprender la marcha. Un vecino ha llamado desde la avenida del Cid porque un hombre deambula por la acera. Allí, aterido, desorientado, resignado a su suerte, prende un pitillo apoyado en un coche. No se tiene en pie y, con el pantalón por las rodillas, le cuesta moverse. Le preguntan quién es, qué hace allí y si quiere ir a una casa. El vagabundo, un etíope indocumentado, levanta los ojos, regresa de su mundo y habla. «Lo he perdido todo».
Valencia tiene cerca de un centenar de personas sin techo. Algunos, como este etíope, son una excepción, desconocidos para los X4 que colaboran con los trabajadores sociales del CAST (Centro de Asistencia a los Sin Techo), que han contactado con casi todos. Algunos llevan toda la vida en la calle. Como Jaime, que estaba en Jorge Juan desde los años 70, desde que murió su padre y su madrastra le dio puerta. Allí, siendo educado con los vecinos, sin meterse en muchos líos, pasó los años. Durante mucho tiempo empinó el codo. Hasta que le atrapó otro vicio: el juego. Las monedas que recogía se perdían por la ranura de las máquinas tragaperras. Allí esperó a la suerte sin suerte. La víspera de Reyes se fue. Y ahora, la gente que pasea cargada de bolsas por Jorge Juan se gira extrañada al no ver a Jaime con su rostro enrojecido, sus cartones y el carro de la compra con sus cosas.
La pareja de la X4 no se ablanda con facilidad. El oficial lleva los 17 años que tiene esta unidad tratando con indigentes y las ha visto de todos los colores. «El nuestro es un trabajo lento, muy complicado. No es fácil sacarles de la calle. Por la noche es más fácil hablar con ellos porque están menos pendientes de conseguir limosna, de sus trapicheos... Pero la mayoría no quiere dejar la calle».
La suya es una carrera de fondo, de ir avanzando paso a paso, de ganarse su confianza hasta que acceden a dejar el cartón por una cama. Este cambio implica mucho más: un horario, unas normas, una disciplina. Muy pocos lo soportan. Su cabeza, además, muchas veces llena de pájaros, les impide congeniar, ni siquiera convivir, con otras personas. La calle, por crudo que parezca, es su lugar, su elección. «Se acostumbran a vivir en la calle y es muy difícil cambiar sus hábitos».
Enfermos mentales
Los tiempos cambian y, con ellos, el perfil del sin techo. El yonqui de los 70 y los 80 ha dejado paso a hombres con fuertes desequilibrios mentales. Quién sabe si por culpa de la cocaína que desplazó al 'caballo'. La crisis también se ha llevado a muchos extranjeros. Ahora predominan los españoles. Aunque aún quedan foráneos, muchos de ellos sin papeles. Un problema para los X4, que no dan con la tecla. «Los llevas a un hospital y no los cogen porque no tienen una enfermedad aguda; en el ambulatorio los rechazan porque están indocumentados; tampoco reúnen las condiciones para establecerse en un albergue. ¿Qué haces con ellos? ¿Y por qué tiene que hacerse cargo de ellos España?».
La respuesta a veces está en las embajadas o los consulados. Allí encontró la solución un checo que entró por Málaga con su nombre original y acabó en Valencia con otra personalidad. «Me llamo Bobby Martin», decía. «¿Pero cómo te vas a llamar así si eres checo?», le respondían los X4. «Yo me llamo Bobby Martin», insistía. Bobby Martin era esquizofrénico. De repente se colaba en un centro comercial y se quedaba totalmente inmóvil durante varias horas. La embajada, al final, encontró a su padre y a un cuñado que vinieron a Valencia para llevárselo. «Pero eso es muy raro», reconoce el oficial.
Los derroteros de la noche conducen al Cabanyal. Una llamada de auxilio mezcla a los X4 en un asunto que no es de su competencia. Un hombre mayor, gravemente enfermo, ha sido abandonado junto a su andador en un portal. Su cuñado denuncia que la hija de su familiar lo maltrata y lo tira de casa. Pero nadie denuncia donde toca. Sopla el viento y el frío se cuela por todas partes. El hombre apenas puede caminar. La policía recoge al anciano y lo convence para que presente una denuncia en la comisaría. La ciudad duerme. Salvo los jóvenes que ríen y beben. Y en algunos recovecos, los sin techo han dejado de beber. Intentan dormir.
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