Violines, violas y violonchelos se colocan en sus puestos. Las puertas del Palau de la Música de Valencia se abren para recibir a los melómanos, amantes de la armonía que han encontrado en este espacio su mejor cobijo desde hace 25 años. En abril celebrará sus bodas de plata.
Desde hace 21 Salvador Benavent se encarga de que esos aficionados disfruten de cada concierto sin ningún problema. Que nada impida que la melodía desentone. El primer recital que el auditorio auspició incluía en su programa la 'Marcha burlesca' de Manuel Palau, el 'Concierto de Aranjuez' del maestro Rodrigo, y una versión de 'La vida breve' de Manuel de Falla. Desde entonces el ritmo no se ha detenido. Y Salvador ha sido testigo de ello.
Es el coordinador técnico de este emplazamiento. Doce personas están bajo su cargo para que cada velada las orquestas e intérpretes que se suben al escenario se encuentren a gusto y logren que los asistentes desde sus butacas tengan idéntica sensación.
Tubas, trompetas y trombones repasan las partituras. «Soy el que todo lo dice». Así define Salvador su labor en el Palau. Coordina al personal, indica qué hay que montar y se asegura de cada detalle (desde el montaje de luces hasta la colocación de atriles o micrófonos). «Lo importante es que yo cuente con la información más veraz posible, cualquier matiz que desconozca puede provocar que haya que hacer el mismo trabajo dos veces», relata.
Pero lógicamente la perfección no existe. Y esta composición no iba a ser la excepción. «Normalmente las orquestas extranjeras suelen disponer de información muy detallada de lo que precisan. Con las bandas de los pueblos es más complicado. A veces, por ejemplo, anuncian que actuarán 120 miembros y luego son 90. Debes estar preparado para esas situaciones y resolverlas rápidamente. Hay que defenderse de los imprevistos».
Y en esos Benavent es avezado. Se curtió en conciertos para la Feria de Julio, Fallas o actuaciones en Mestalla a través de la empresa Ciclorama. «Para este trabajo no existe ninguna titulación, hay que saber organizar y gestionar actos. Me he hecho a mí mismo y me siento afortunado por ello». Después pasó por el teatro Principal, en el que estuvo tres años, en labores de promoción y relaciones públicas.
Mucho tiempo en el que ha tenido que resolver mil vicisitudes. «He visto cómo durante la representación de una obra dos hombres debían sujetar con sus propias manos el telón desde atrás para que no se cayese». Lo importante es que el público no fue consciente en ningún momento de esa situación. Ese siempre es el fin. Técnicos, iluminadores, montadores se afanan en ese objetivo. Y Benavent hace las veces de maestro de orquesta. Toma la batuta con firmeza.
Se abren paso clarinetes, fagots, oboes y flautas.
No hay titulación para este cargo, pero sí amor y sensibilidad por las artes. «Me gusta todo tipo de música, pero reconozco que acudo a pocos conciertos. En casa del herrero, cuchillo de palo. En los del Palau prefiero no quedarme, me pongo nervioso porque todo salga bien. Y en mi tiempo libre, suelo desconectar», argumenta.
El mejor aplauso no viene de los asistentes, son los propios músicos los que suelen felicitarles y agradecerle su dedicación al finalizar la actuación y con eso es suficiente. «En el respeto está la clave del éxito. Nosotros hacia su trabajo y ellos hacia el nuestro, sin distinciones».
Timbales y pianos, en su sitio. El director indica que todo está en orden. Es hora de comenzar el espectáculo. Y la música, una vez más, amansará a las fieras.










