La crisis se ha instalado en el corazón financiero de la capital del Turia. Banco de Valencia vive sus horas más críticas. No es que se asome al precipicio es que ya va camino del suelo. Necesita unos 1.000 millones de euros para sanear las cuentas. Qué lejos queda ahora de sus raíces históricas.
La entidad siempre ha jugado la misma carta. Su proximidad y su nombre lo ha explotado para reivindicarse como entidad de referencia de la provincia de Valencia pese al handicap que ha tenido siempre: su pequeño tamaño. La burguesía valenciana, pese a que nace de la mano del asturiano José Tartiere, lo entendió así desde los inicios. Ya ha conseguido superar crisis que parecen similares a las que se viven en estos días. La necesidad del sistema financiero de ganar tamaño y tener la sede en Madrid ha sido una problema constante para el banco regional. En 1985, la situación crítica de unos clientes promotores estuvieron a punto de poner punto final a la entidad nacida el 20 de marzo de 1900.
Los empleados más veteranos de la entidad resumen el prestigio que tenía la entidad en la Valencia de la postguerra de la siguiente forma. «Los directores de una oficina siempre se les llamaba con el Don delante. Cuando paseaban con la calle, todos los miraban. No existía la proliferación de medios de comunicación que hay hoy en día ni la inmediatez de internet, pero si a alguien se le conocía era al director de la oficina de Banco de Valencia», explica un empleado de la entidad desde 1973, que ahora ve como aquellos orígenes se están perdiendo por un exceso de fijación en la rentabilidad que ofrece la construcción.
El último boom inmobiliario hizo que los negocios más importantes del banco fueran los grandes proyectos inmobiliarios. La cúpula de la entidad se distanció de las pymes, autónomos y particulares que durante el primer centenario de vida estuvieron mucho más accesibles, tal y como reconocen clientes, empleados y empresarios.
Diez millones de pesetas permitieron la creación de Banco de Valencia en la calle de la Paz, por entonces llamada Peris y Valero. Un anuncio publicado en el almanaque de LAS PROVINCIAS de 1902 utilizaba el nombre de «Banco Valenciano» para referirse a la entidad. El negocio funcionaba según la meteorología. Cuando la cosecha arrocera crecía o la primera Guerra Mundial frenaba las exportaciones asiáticas, los beneficios aumentaban aunque la crisis naranjera de 1926 le puso en un aprieto.
Tras el mandato del primer presidente (1900-1927), José Tartiere, la burguesía valenciana reaccionó y entendió cuál era su entidad de referencia. Vicente Noguera lo llamó la «reconstitución» y junto a industriales sin experiencia bancaria y abogados de prestigio dieron un giro radical al banco multiplicando por cinco su capital social. Esta proporción es muy superior a la que va a tener que realizarse en los próximos meses y en los que están llamados el FROB, Bankia y la burguesía valenciana.
En la memoria de la junta general de accionistas del 29 de marzo de 1928 se afirma: «Ahora con justo título puede ser considerado como único banco valenciano en nuestra ciudad». Añadía: «Para esto es necesario que todos los valencianos nos presten su ayuda, desde el capitalista que invierte sus fondos en la compra de valores hasta el modesto que ahorra céntimo a céntimo».
Según recoge el libro '100 años de vida de Banco de Valencia', editado por la entidad para celebrar su centenario, en 1942, el centralismo frenó las aspiraciones regionalistas pero desde la entidad se volvió a reivindicar su cercanía con el territorio. En aquel momento, Banco de Valencia absorbió a Banco de Castellón y se firmó una alianza con el Banco Hispano Colonial. El día 24 de julio de 1942, tuvo lugar la inauguración de la actual sede.
El bastión financiero valenciano lucía con firmeza en la ciudad pero tuvo que luchar contra la necesidad de ganar tamaño. Inmerso en un fortísimo intervencionismo en el que las entidades de Madrid se querían imponer a las regionales, el Banco de Valencia formó en 1943 con otras entidades un consorcio denominado Bancor. En Valencia empezaba a arreciar la competencia con la llegada de más bancos y el incierto final de la II Guerra Mundial, que obligó a elegir una política más conservadora.
En 1954, el empresario Ignacio Villalonga asumió la presidencia. Fue el primero en crear la figura del consejero delegado ya que la legislación obligaba a que el presidente viviera en Madrid. Tras superar los efectos de la riada del 57, Villalonga logró abrir dos agencias urbanas en Valencia y otras sucursales.
La situación a mediados de los sesenta fraguó la filosofía de Bancode Valencia, era de la de crecer de manera lenta y sostenida. No se podía hacer grandes inversiones para abrir oficinas por lo que se optó por ir poco a poco. En la presentación de los resultados de 2008, se anunció que la expansión de oficinas se paralizaba por completo tras superar las 450. Se había logrado duplicar la red comercial en sólo una década gracias a una política muy alejada de los orígenes de la entidad.
Las bicis de hierro
El uso de la bicicleta durante la postguerra hasta los ochenta sirve para recordar la filosofía original del Banco de Valencia. Un empleado del banco se encontró en 1970 a un hombre desesperado en la capital del Turia tras habérsele caído un palé de botellas de ginebra. El olfato del ciclista le hizo ver a un futuro cliente, ya que estaba descargando un camión. «¿Es usted cliente de Banco de Valencia?», le dijo. «¡Déjeme en paz!, no ves que se ha caído la mercancía», le espetó por su osadía. Pero el empleado de Banco de Valencia no cejó en su empeño de conocerle y captarle como cliente: «No se ha dado cuenta que en mi bicicleta hay un cartel que pone Banco de Valencia. Soy del banco de Valencia».
Cuarenta y un años después, Eduardo Mestres sigue al frente de su pyme dedicada a la venta de bebidas alcohólicas. «Había llegado a Valencia sin nada pero el día después de ese encuentro me fui a abrir la cuenta que tengo vigente. Todo lo que le he pedido al banco, me lo ha dado», comenta orgulloso, aunque lo que realmente destaca de la entidad es el trato cercano que le ha permitido que sus proyectos e ilusiones no se queden en una ventanilla llegando incluso a plantearlos de manera directa a la cúpula.
Clientes como Mestres hay muchos aunque la auditoría que el Banco de España está realizando, y que requerirá de una importante inyección de capital, ha desmoralizado a alguno. Un vecino de Torrent explica su situación: «Dentro de un mes y medio voy a tener que tomar le mando de mi empresa familiar y no sé que hacer. En la cuenta de Banco de Valencia tenemos unos 150.000 euros y estamos pensando en diversificar. ¿No dicen que sólo se garantizan 100.000? En la oficina, que nos tratan fenomenal pero tengo una psicosis encima que me hace no estar tranquilo». El vecino de Torrent valora fundamentalmente el trato cercano que recibe en Banco de Valencia, una forma de ser de la entidad que ya le sirvió en los años 80 cuando el Banco Central (accionista del de Valencia) se centraba en Madrid mientras que Banco de Valencia quería seguir con su íntima relación con el territorio.
Tal y como recuerdan empleados de la entidad, en esos años convulsos de los ochenta, el Banco estuvo a punto de quebrar. «Hubo un problema gordo aunque no se enteró prácticamente nadie. Yo sí porque trabajaba en ello aunque casi no tuvo trascendencia. La crisis empezó por un grupo de constructoras valencianas que creo que se llamaban el grupo Camañes y los Muñoz Pomer que eran insolventes por los créditos que se concedió al ladrillo. Ocurrió en 1984 y 1985». Se solucionó con un boom que hubo en los años siguientes que hizo que los pisos que iban a venderse por 1,8 millones de pesetas se compraran por cuatro millones.
Diez años después de esa crisis inmobiliaria, llegó Bancaixa a Banco de Valencia. Los inicios, sin embargo, fueron muy conciliadores. Se realizaron convenciones en las que se agrupaba a todo el personal para darles una charla y ofrecer un coctel. Además, se empezó a ofrecer información trimestral de lo que hacía el banco de manera que los empleados se implicaron más en el banco. Según relatan los promotores del boom en la Comunitat, los últimos diez años esta cercanía se acabó. «Era muy fácil lograr financiación», asegura un promotor, que recuerda que se aprovechaba el préstamo para lograr un local donde abrir un oficina y crecer en clientes a través de la subrogación de la hipoteca creando una «pelota» cada vez más grande y más alejada de los orígenes del Banco de Valencia.
Y de ese pasado llega este presente. El futuro se atisba tan negro como incierto. ¿Se podrá entonces mantener las señas de identidad y el peso valenciano? Sería lo deseable, pero se antoja como un reto algo complicado.







