El torero Juan José Padilla resultó herido de gravedad ayer en la plaza de toros de Zaragoza por el cuarto toro de la tarde, que le corneó con saña en el rostro. Al salir forzado de la reunión de un tercer par de banderillas, Padilla perdió pie y cayó al suelo de cara. El toro apretó a querencia, lo arrolló y lo pisoteó y, sin que apenas pudiera percatarse nadie, le pegó en el suelo una terrible cornada: el pitón entró por el cuello a la altura del lóbulo de la oreja izquierda. Iba a saberse luego que la cornada afectó a la mandíbula, el aparato auditivo y «muy seriamente» al ojo izquierdo.
El toro se huyó de la suerte y Padilla se incorporó con un gesto de espanto y casi un alarido. Se echó las manos a la mejilla, se le tiñeron de sangre las manos y la cara, se tuvo la sensación de que había perdido el ojo en el percance y que lo llevaba entre los dedos. La sensación en directo fue de desolación indescriptible: consternada la gente del callejón, por donde llevaron a Padilla por su propio pie hasta la enfermería.
Mientras se esperaban noticias, que se temían pésimas, se hizo recuento del accidente. El toro, del hierro de Ana Romero, cinqueño, cárdeno coletero, 508 kilos, de nombre Marqués, fue muy correoso. Estuvo encogido desde la salida, se empleó muy en corto y Padilla le pegó cuatro lances sin vuelo. Corto pero alto de agujas, de muy frondosa quilla, el toro arreó con fuerza en una primera vara cobrada por Antonio Montoliu: un primer marronazo -bajísimo el puyazo, porque el toro lo sorprendió- pero rectificado con habilidad en seguida y, luego de ese castigo delantero, una segunda vara trasera. De las dos peleas salió distraído el toro, el único de mala nota de la corrida de Ana Romero.
No se vio a Padilla con ánimo de banderillear. No invitaba el toro. Sin embargo, antes siquiera de que los peones tomaran los palos y sin reclamar nadie, Padilla decidió cumplir tercio. Fue un tercio laborioso, porque el toro, algo deslumbrado, tardeaba y cortaba. Las dos cosas. De un primer cuarteo salió Padilla sin reunirse ni poder clavar. Sí clavó en un segundo intento, atacando desde bien fuera. Se sintió perseguido y saltó la barrera. Al volver a la arena pidió las banderillas de violín y clavó con apuros un segundo par.
El toro volvió a cortar y a frenarse. Pareció que Padilla iba a pedir el cambio de tercio -se adivinó la intención- pero decidió todavía prender el tercer par, que iba a ser fatal. El ataque al cuarteo fue de dentro afuera pero dejando al toro ganar terreno y cobrar ventaja. Mal medida la distancia, excesivamente confiado en sus facultades, Padilla corrió un riesgo exagerado. No llegó a cuartear sino a reunirse en paralelo y sin escape. Y, enseguida, el terrible infortunio de una cornada que dejó marcada la corrida.
Abellán, segundo de terna, y encargado por eso de matar el toro de la desgracia, estaba todavía en la enfermería cuando tocaron a matar. Tardó en salir. Demacrado, compungido, porque él había sido, además, el primero en llegar a Padilla cuando la cogida y quien lo asistió hasta la enfermería.
El torero «presenta grave traumatismo cráneo facial» y su pronóstico es «muy grave», según el parte facilitado anoche por el servicio médico del coso taurino.










