
Un cooperante de Médicos Sin Fronteras atendiendo a un niño en un centro de refugiados. / LP
Siempre había tenido esa motivación. Estaba decidido a colaborar con los niños que más lo necesitaran, y con ese proyecto de vida decide especializarse en pediatría. Xavi Casero es voluntario de Médicos Sin Fronteras, y en 2002 llegaba al centro de refugiados de la frontera entre Somalia y Kenia para trabajar varios meses.
Era el único médico que estaba allí por lo que su día a día era muy duro como él mismo cuenta: «El trabajo comienza a las seis de la mañana, no existen fines de semana, y algunos días comes y otras veces no tienes tiempo».
Diariamente se registraban entre 40 y 50 ingresos y había en ese centro cerca de 300 niños que presentaban malnutrición severa. Únicamente cuando era posible se trataba a los más estables, pero por lo general solo había tiempo para trabajar con los más graves.
La situación en Somalia ha empeorado desde hace nueve años, cuando Xavi llegó a un campamento en el que tenía que tratar de reducir la elevada mortalidad que allí se daba. Hasta que consigue estabilizar la situación pasan varias semanas, entonces perdían la vida entre 4 y 5 niños cada día.
El conflicto armado es muchas veces la parte que más pasa desapercibida, sin embargo, la seguridad es uno de los principales problemas con los que se encuentra la sociedad civil: «Teníamos que soportar muchos tiroteos a la puerta de donde dormíamos, incluso había días en los que no podíamos salir de allí», cuenta Xavi.
Desde hace 20 años el conflicto armado ha dejado una Somalia desierta ante los problemas de seguridad y la destrucción provocada por los conflictos militares. Eso es lo que provoca en un principio que el alimento comience a escasear, y que cada día lleguen centenares de refugiados a los países colindantes, sin embargo la situación se agrava y vuelve a saltar a la opinión pública debido a la escasez de lluvias que ha provocado este año una gran sequía. El área era ya muy seca, con poca agricultura, pero ahora el ganado está muriendo porque no quedan pastos, y ya es imposible encontrar alimentos, incluso a precios elevados. Por ello los voluntarios reclaman de nuevo la atención internacional que merece una de las mayores crisis humanitarias del mundo.
Los voluntarios saben que es difícil que la gente imagine la situación que se vive allí. «La realidad está muy alejada de la imagen que se tiene. Ni siquiera yo me imaginaba lo que vi al llegar a Somalia, cuando antes ya había trabajado en otras partes con ONGs» explica el pediatra, destacando que hay incluso «muchos voluntarios que no lo soportan y tienen que volverse».
Como hizo él, ahora otros voluntarios tiene que hacer frente a la avalancha de gente que huye de una zona «sin centros de salud, sin escuelas y sin estructura de gobierno», como nos cuenta Mila Font, economista de Médicos Sin Fronteras que ha trabajado en derechos humanos para la Comunidad Europea.
Mila nos explica que el problema se ve ahora agravado por «dos estaciones de lluvia que no se han producido», detonando la crisis de hambruna que se ya arrastraba debido a los conflictos y a la sequedad de la zona.
Además, alerta de que las autoridades no lo ponen nada fácil a los cooperantes: «Tenemos problemas para aumentar nuestro trabajo y nuestro personal. Los radicales islámicos controlan varias zonas y nos ponen trabas».
En un país en el que la esperanza de vida no supera los 50 años, todos los menores de 20 que han logrado sobrevivir únicamente han conocido uno de los dos ambientes del país: o dentro del conflicto, o en un refugio. Las organizaciones de ayuda tratan altruistamente de cambiar su realidad.
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