El teléfono que encabeza esta columna no es de Jean-Claude Trichet, pese a que podría resultar útil a los lectores para obtener aclaraciones sobre la cumbre europea del jueves. Tampoco corresponde a la centralita de Moody's ni lo va a atender la recepcionista de los mercados, cuyos nervios constituyen una fuente de preocupación constante para los medios. En él no se obtendrán detalles del estado de ánimo de Camps, otro protagonista de la semana.
Se trata de la clase de teléfono que nunca pincharía Rupert Murdoch. No obtendría ninguna exclusiva jugosa, como una orgía del príncipe Guillermo o la rotura de su pierna. Es el teléfono de la antinoticia, esa que todos hemos visto pasar fugazmente por los telediarios y con la que el extinto 'News of the World' no haría una portada. Otra vez los africanos muriéndose de hambre.
Mi primer recuerdo consciente de las palabras Etiopía y Somalia se asocia a niños de tripa hinchada atosigados por las moscas en sus últimos estertores. Debió de ser alguna de las sequías de los 80. En aquellos años había una por lustro; ahora se suceden cada dos o tres años. Sequías severas e inundaciones brutales es el rastro de El Niño y el calentamiento global en el cuerno de África. La ONU ha declarado esta semana la situación de hambruna en dos zonas sureñas de Somalia: lástima que la dimisión de Camps ensombreciera la terrorífica noticia.
Lo peor de la desnutrición es que las imágenes de impacto que necesitan las televisiones no están a la altura de una ola gigante. Son idénticas desde hace 30 años. Y 'déja vu' significa poca audiencia. En Somalia hay 3,7 millones de personas a punto de morir de hambre; en Kenia y Etiopía, otros ocho millones más con necesidades alimentarias graves. Solo lo de Somalia equivale a quince tsunamis. Trato de imaginar 3,7 millones de personas muertas por hambre y no puedo. Es más de medio Holocausto y en la fotografía Angela Merkel se sirve café: reviso mis papeles sobre ética periodística.
Mañana se celebra en Roma una reunión de emergencia de la ONU con el fin de recaudar dinero para paliar la hambruna. Es urgente obtener aún 800 millones de dólares, algo más de 500 millones de euros: calderilla, si se compara con los 3,7 billones -con b, sí- que Europa lleva gastados en rescatar a los bancos. Si no se reúne ese dinero, los gobernantes europeos merecerían que les arrancáramos la piel a tiras. Pero como sé que no lo vamos a hacer, he encabezado este artículo con el teléfono de Intermón Oxfam para animarles a hacer una donación. Aunque sea pequeña y Murdoch no se vaya a enterar.




