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Camps dimite por la causa de los trajes

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Camps dimite por la causa de los trajes

El presidente de la Generalitat presenta su dimisión como un sacrificio a Rajoy tras dos años y medio del caso Gürtel

21.07.11 - 00:46 -
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En el último escaloncito Francisco Camps decidió saltar de una escalera de caracol que llevaba al abismo. Pasadas las cinco de la tarde de ayer, en el patio gótico de la Generalitat y ante decenas de periodistas en una comparecencia sin preguntas, el presidente del Consell (sigue en funciones según la ley de Gobierno valenciano hasta que el nombre de su sucesor aparezca publicado en el Boletín Oficial del Estado) anunció su «sacrificio personal, político y familiar» en forma de dimisión. En una tarde de julio, en el mismo mes en el que nueve años antes Eduardo Zaplana lo presentó como su delfín, Camps cerró su ciclo en forma de favor personal. Caprichos veraniegos.
La causa de los trajes de Gürtel ha desnudado a un presidente que se derrumbó sin remisión tras dos años y medio (desde el 6 de febrero de 2009, 883 días hasta hoy) atrincherado junto a la bandera de su inocencia. Esa que ayer enarboló en su última comparecencia pública como jefe del Consell y que quiere hacer valer en el juicio que el viernes pasado abrió el magistrado José Flors por un delito de cohecho pasivo impropio. Banquillo habrá y con Ricardo Costa de compañero de fatigas junto a los otros dos acusados, Víctor Campos y Rafael Betoret, que se allanaron sin éxito en una mañana berlanguiana. Camps también pensó en pagar, pero no vio futuro en su horizonte más inmediato. Ni lo vio él ni el partido.
En la boyantía, Camps lucía bronceado dorado de éxito. Ayer, blanco como un cirio por el sufrimiento que desveló Rita Barberá, anunció su adiós con Federico Trillo, el enviado de Madrid, como fedatario de la dimisión. El exministro cumplió su misión que selló con un abrazo a Camps una vez este dijo lo que esperaba oír Génova. El trabajo estaba hecho.
Allí, en el mismo sitio donde aquel 9 d'Octubre de 2009 González Pons pregonó el fin de la fiesta para ejecutar a Ricardo Costa, el jefe del Consell dejó el cargo flanqueado a su izquierda por su último Gobierno al completo y a la derecha por Rita Barberá (con gesto muy serio), Trillo e incondicionales como Núria Romeral. De fondo, detrás de las cámaras, afines del segundo escalón y asesores para el aplauso final.
Sin papeles, desde la improvisación de un último parlamento en la que ha sido su casa en los últimos ocho años, Camps trató de mostrar compostura con un contenido enérgico pero con un tono ahogado en la emoción que en ocasiones amenazó con resquebrajar el escenario del adiós. Demasiada tensión acumulada en unas últimas horas con rumores como noticia.
El presidente ha aguantado como un junco durante meses hasta que la riada de Génova se lo ha llevado por delante a borbotones. Las cuentas con la Justicia las tendrá que solventar en el banquillo de los acusados mientras el partido en la Comunitat hace marcha con el único objetivo de llevar en volandas a Mariano Rajoy a La Moncloa. Antes de comparecer Camps, el rictus de sus más allegados espolvoreaba el desenlace de la película. Sólo faltaba saber el argumento en un patio donde el bochorno caía a plomo.
Camps dimite y lo hizo presentándose como ese Palleter del siglo XXI que con su mandato ha aumentado «la prosperidad y proyección» de la Comunitat. Con su inocencia como tarjeta de presentación y sin un gramo de culpabilidad en su gestión, el dirigente popular apuntó a una conspiración contra su persona por convertir a la Comunitat en el mejor territorio: «Por eso han ocurrido las cosas que han ocurrido, porque somos los mejores». Camps cree o le han hecho creer que han ido a por él.
Sin enriquecerse
Se va más pobre que llegó al cargo. Al menos, así lo defendió: «Hemos luchado contra un sistema brutal que no ha encontrado en mí ni un euro más, ni un bien más, ni una cuestión material más de las que he declarado que tengo. Que sepan que tengo menos de lo que tenía cuando llegué».
Defendió que a pesar de la caza y captura de la que se ha sentido objeto, «no han conseguido encontrar nada pese a que lo han intentado por todas partes». Sin dar nombres y apellidos (aunque Rubalcaba en la mente de todos y en el blog de Juan Cotino) apuntó que ese sistema «brutal está a punto de caer en las próximas elecciones democráticas».
Y llegó el momento de la ofrenda, como Jesucristo en el Sinaí: «Voluntariamente ofrezco este sacrificio personal para que Rajoy sea el próximo presidente, para que el PP gobierne y para que España sea esa gran nación». Apuntó que se marcha «inocente» de todas aquellas «barbaridades que se han dicho sobre mí». Y deseó penitencia para los que han tejido ese acoso y derribo contra su persona: «El día de mañana muchas personas, no como yo, tendrán que dejar la cabeza por la barbarie que han cosido por tratar de tapar la ilusión democrática del pueblo valenciano». Las urnas siguen como el mejor aval para un proyecto cerrado y Camps recordó que ha contado con tres mayorías absolutas. También tuvo un recuerdo para sus tres compañeros de fatiga en este proceso, Campos y Betoret allanados interruptus y ya condenados y Costa, el que más aguantó para no pagar la multa: «Conmigo, otras personas que están acusadas de infamias y mentiras sólo por el hecho de no poder ganarnos en las urnas».
Por el PP y por España
Lo de Camps más que una dimisión es un favor. Así lo siente el afectado: «Por el PP, por la Comunitat y por España». Deslizó que no quiere ser un argumento para que en plena campaña electoral su juicio sea el instrumento para que Rubalcaba se sirva de un antídoto para recortar diferencias respecto a Mariano Rajoy. Y se va por la lealtad que tiene a sus 30 años de afiliado con carné del Partido Popular: «No voy a ser ese obstáculo para que la voz nítida de Rajoy llegue a los 46 millones de españoles». Los socialistas, según el expresidente de la Generalitat, se quedan sin argumentos una vez anunciada la dimisión.
Camps no se marchó sin calificar de «miserables» a aquellos que no han creído en el proyecto de la Comunitat. Un mensaje directo al líder de los socialistas valencianos, Jorge Alarte, y a los minoritarios de Compromís y Esquerra Unida, que ayer por la mañana zumbaron a discreción por la ausencia del todavía presidente en el pleno de Les Corts que debatía sobre el proyecto del corredor mediterráneo.
La conciencia, como se suele decir en estos casos, «tranquila» tras tres victorias electorales, ocho años de gobierno y con un proyecto «en el que hay gente excepcional que tomará las riendas». Y desveló su idea de seguir trabajando por el partido desde Valencia, «que es el mejor lugar para nacer, crecer, vivir y hacer una familia». La dimisión se convirtió en esa botella de oxígeno necesaria «para defenderme en donde corresponda de estas infamias y estas desidias. No han podido demostrar nada porque no hay nada». No será Flors el que lo juzgue sino un jurado popular.
Agradeció los gestos de apoyo, se reivindicó y defendió que ha mantenido el nombre de Molt Honorable «en lo más alto y con el mayor orgullo». Tras abrazar uno a uno a sus consellers con aplausos de fondo, subió la escalera del Palau en busca del remanso de un despacho que tendrá que abandonar.
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