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BELVEDERE

ANTE LA HISTORIA

20.07.11 - 00:06 -
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No quisiera yo estar en la piel de Francisco Camps en estos momentos. Acostumbrado a las citas y las referencias históricas, sintiéndose imbuido de un don especial al haber llegado hace ya ocho años a la presidencia de la Generalitat, se debate ahora entre ser el primer presidente de la Comunitat Valenciana en sentarse en un banquillo de los acusados o evitarlo mediante la asunción de su culpa y el correspondiente pago de una multa. Lamentablemente, en un caso o en el otro, haga lo que haga y dimita o decida quedarse, va a pasar a la posteridad por esta decisión, por su foto entrando en el Tribunal Superior de Justicia o por la nota a pie de página de la futura enciclopedia valenciana que recordará que fue aquel presidente que reconoció haber cometido un cohecho impropio. Y lo peor de todo, al menos para él, es que no se merece ese juicio tan severo. Desde la Facultad de Derecho soñaba Camps con la política, no para enriquecerse -que fue la opción por la que otros llegaron, como reconocieron abiertamente- sino para el servicio a los ciudadanos, un concepto en el que cree firmemente y que no es ni de derechas ni de izquierdas, aunque él sí que es de derechas y muy de derechas y a mucha honra. Pero en la política, como en la vida, uno tiene que saber de quien se acompaña para evitarse luego los sobresaltos. Y es evidente que el líder del PPCV no ha sabido, ni antes ni ahora, rodearse de las personas adecuadas, por no hablar de personajes molestos (por llamarlos suavemente) que ha tenido que soportar porque no tenía más remedio si quería mantener el puesto.
Al final, tantas hipotecas, tantos favores pedidos, tantos silencios y tanto mirar para otra parte cuando convenía, acaban por pasar factura. Quien le conoce sabe que Camps no se ha enriquecido con la política, que no es un corrupto, que no ha promovido acciones al margen de la ley tan típicas en todos los partidos, en todas las épocas y en todos los territorios para poder mantener sus macroestructuras burocráticas. Pero quien conoce la política valenciana y a los políticos valencianos, también sabe que el entorno de Camps, sus malas compañías, le han llevado a la ruina. En la hora amarga de elegir entre lo malo y lo peor, no es probable que reconozca sus errores y que admita que los pelotas que cada mañana le dicen lo listo, lo guapo y lo entregado que es no son los mejores compañeros de viaje cuando vienen mal dadas. Pero el día en que, en la soledad del dirigente ante el juicio de la historia, haga repaso de su carrera, tal vez se dé cuenta de que hubo un momento en que el Francisco Camps que en la Facultad de Derecho soñaba con la política como servicio a los demás dio paso, no se sabe cómo, al Camps que en Navidad recibía llamadas de un tal Álvaro Pérez, alias 'el bigotes'.
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