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Una sonrisa de 800 años

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Una sonrisa de 800 años

12.07.11 - 00:06 -
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Camarero, champán. Reims está de fiesta. La capital de Champaña celebra el octavo centenario de su catedral. Exposiciones, conciertos, actuaciones callejeras, coloquios y conferencias realzan hasta octubre la efeméride. Un mágico espectáculo nocturno es la apoteosis del amplio programa conmemorativo. El montaje de luz y sonido devuelve la original policromía a las fachadas de un templo vinculado a las pompas de la realeza que tiene como icono un ángel sonriente.
El sueño luminoso de las noches de verano recrea los fastos de las consagraciones de los reyes de Francia que aquí se solemnizaban. Una treintena de monarcas fueron ungidos con los santos óleos entre las centenarias paredes y vidrieras de esta obra cumbre del arte gótico, declarada patrimonio mundial de la humanidad por la Unesco.
La construcción del imponente edificio comenzó el 6 de mayo de 1211, un año después del incendio del precedente santuario de estilo carolingio. En el mismo emplazamiento, sobre unas antiguas termas galorromanas, se encontraba el baptisterio de un templo paleocristiano. En él, a finales del siglo V, San Remigio bautizó a Clodoveo I, rey de los francos e iniciador de la primera dinastía francesa. Fue el acto fundacional de la tradición de las coronaciones consagradas en Reims.
Cuenta la leyenda que el Espíritu Santo en forma de paloma aportó en el pico una ampolla con el aceite empleado en la unción de Clodoveo. Desde entonces el rey de Francia tenía el muy cristiano privilegio de ser el único de Europa ungido con un ungüento divino que le confería dones milagrosos y taumatúrgicos.
«El rey te toca, Dios te cura» era el aserto que resumía una creencia popular reforzada por el prodigio de que durante toda la Edad Media no se produjo ni un solo regicidio en Francia. La Revolución Francesa, que cortó por el cuello con esa singularidad histórica, también rompió en público en 1793 el relicario de la Santa Ampolla. El furor anticlerical lo ridiculizó como «sonajero sagrado de los idiotas».
En Reims fueron consagrados todos los reyes de Francia -desde Luis el Piadoso, hijo del emperador Carlomagno, hasta Carlos X- con ceremonias que duraban cuatro y cinco horas. La de Carlos VIII se celebró en 1484 en medio de las ruinas dejadas por el incendio que tres años antes había devastado el templo. Juana de Arco asistió en 1429 a la coronación de Carlos VII. Luis XIV ordenó trasladar los decorados del teatro de Versalles para metamorfosear el espacio sacro. Las únicas excepciones fueron Luis VI y Enrique IV, sin contar a Luis XVIII y Luis Felipe, que nunca fueron consagrados.
La iconografía de la catedral es el manifiesto de la monarquía glorificada en Reims. Dedicada a María 'reina del cielo', es la única seo francesa que representa la coronación de la Virgen por Jesucristo. Las imágenes evocan la filiación simbólica entre los reyes de la Biblia y los reyes de Francia. Los grandes relieves que dominan el rosetón central muestran el combate de David contra Goliat, referente bíblico de la liturgia.
Con poderes sobrehumanos por la unción divina, el monarca cristiano es un nuevo David y un nuevo Clodoveo, que ocupa el centro de la galería de los reyes, semisumergido en la fuente bautismal. Conforme a la tradición del Antiguo Testamento, el rey consagrado recibe en Notre Dame de Reims la misión divina de guiar al pueblo hacia un reino que no es de este mundo.
Casi 300 obuses
Las hordas revolucionarias de 1789 destrozaron la simbología religiosa y transformaron el santuario en templo de la Razón. Mayor fue el martirio de la ya republicana catedral de los reyes por la artillería del Káiser durante la Primera Guerra Mundial. En los cuatro años de la contienda, cerca de 300 obuses destruyeron esculturas, vidrieras y bóvedas.
El mayor desastre se produjo al comienzo del conflicto cuando, el 19 de setiembre de 1914, un bombardeo alemán incendió el maderamen del tejado. Las gárgolas vomitaron a chorros de metal fundido las 400 toneladas de plomo de los tejados. El rosetón se partió por la mitad y buena parte de las estatuas quedaron calcinadas.
A pesar de que personalidades como Auguste Rodin o Le Corbusier se habían opuesto a la restauración, las obras dirigidas por el arquitecto Henri Deneux permitieron devolver el edificio al culto en 1927. Los trabajos fueron financiados con ayuda del mecenazgo de John Davison Rockefeller Jr., que puso como condición de su donativo que se evitaran los materiales inflamables. Deneux concibió un armazón para el tejado en hormigón armado a base de elementos ensamblados y desmontables como las piezas de un mecano.
De las 2.303 estatuas que tenía la catedral antes de la Primera Guerra Mundial, no se salvó del incendio de 1914 ni el célebre ángel de la sonrisa. Su cabeza rota en el suelo en más de veinte pedazos se convirtió en bandera propagandística del patrimonio francés destruido por la barbarie alemana. Reconstruida y recolocada en el pórtico en 1926, esta figura andrógina parece reírse del debate sobre el sexo de los ángeles y otras discusiones bizantinas. Acompañante de San Nicasio, obispo decapitado al que aporta la palma del martirio, el anuncio de la muerte ilumina este rostro esculpido hacia 1240 con una serenidad celeste.
Al igual que las demás imágenes piadosas de la fachada, el guía alado de las almas recibe por las noches en préstamo virtual sus vivos colores originales. El traje de luces es el sorprendente resultado de una sabia mezcla de imaginación, poesía y alta tecnología.
Gracias a una batería de proyectores de última generación, un programa de policromía dinámica en muy alta definición restituye los colores en sus menores detalles. La expresión facial, los tintes de los cabellos, el oro de las coronas o los motivos de ropas y mantos son reproducidos con alta fidelidad a las ilustraciones y grabados de época conservados en los archivos. El emblemático ángel sonriente, Gioconda pétrea de enigmático rictus, acumula motivos para entonar el himno a la alegría entre burbujas y descorches de champán.
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