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SOMBRAS EN LA CAVERNA

CÉLINE

El escritor francés es autor de 'Viaje al fin de la noche', una de las más grandes novelas de todo el siglo XX

18.06.11 - 00:10 -
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Veo, con mucho retraso, que el Ministerio de Cultura de Francia (a la que siempre he admirado en esta materia) eliminó a Louis Ferdinand Céline de las conmemoraciones nacionales que le incluían con motivo del quincuagésimo aniversario de su fallecimiento.
Las razones aducidas han sido tanto los panfletos antisemitas que publicó antes de la segunda guerra mundial (o sea, mucho antes de que se produjera el Holocausto) como su posterior colaboracionismo con los ocupantes de su patria.
Independientemente de que Céline no podía saber, cuando escribió aquellas diatribas, las masacres que se producirían más tarde, y de que, según su viuda, «cuando se enteró de lo que había sucedido en los campos de concentración se quedó horrorizado», lo único que debía haber importado a la hora de conmemorarle es el hecho de tratarse del autor de una de las más grandes novelas de todo el siglo XX, 'Viaje al fin de la noche', y de otra a una altura cercana, 'Muerte a crédito'.
Se trata de dos libros revolucionarios en el uso del lenguaje, dotados de una riqueza y fuerza expresivas difíciles de captar para los que no podemos disfrutarlas en su lengua original.
Pero, dejando aparte sus cualidades formales, son obras (sobre todo la primera de ellas) de las que mana un profundo humanismo, una crítica feroz al colonialismo, una inmensa piedad por los desheredados, explotados sistemáticamente y utilizados como carne de cañón en todas las guerras.
Su mundo es el mundo de los pobres (a los que atendía como médico en sus sucesivos consultorios), de los fracasados, de los marginados, de los desilusionados, de las víctimas de todas las traiciones y bajezas, de los acomplejados y de los que no tienen medios intelectuales ni materiales para enfrentarse a las consignas que los llevan a su propia ruina y destrucción.
Y lo expresa en la lengua de todos ellos, en un habla popular, vulgar, dicharachera, torrencial, casi espasmódica. Un habla como nunca se había utilizado hasta entonces en la literatura (¿Rabelais?). Todo ello adobado con una enorme tristeza, un inmenso pesimismo y una gran, aunque disimulada con exabruptos, compasión.
Ése es el Céline literario, o sea, el único Céline que debía haber sido objeto de conmemoración, el creador de obras que han enriquecido la historia de la literatura. No otro.
¿Se equivocó identificando como responsable de todo aquella tristeza y miseria a un supuesto judaísmo internacional?..., por supuesto. ¿Tuvo ideas deplorables?..., sin duda. Pero, ¿quién está a salvo de caer en ellas?, ¿qué autor puede sentirse seguro en su pasado si lo valoramos desde nuestra óptica actual?
En lo que concierne al nazismo, compartieron su error escritores tan remarcables como Ezra Pound, el Premio Nobel Knut Hamsun o el que muchos consideran el mayor filósofo del pasado siglo, Martín Heidegger..., y tantísimos otros menos notables. De la misma manera que, en lo relativo al estalinismo, o al llamado socialismo real, padecieron igual miopía, entre infinitos más, Neruda, Alberti o el mismísimo Sartre. Cosas de aquellos tiempos que es fácil juzgar con lo que ahora sabemos y, de paso, poner a salvo nuestras conciencias, convencidos de que nunca hubiéramos caído en los mismos disparates.
Cosas de aquellos tiempos, digo, porque yendo un poco más atrás, sólo en el apartado del antisemitismo encontramos representantes tan celebrados como Quevedo, Shakespeare, Balzac o Baroja, a los que nunca se les han negado conmemoraciones. Y dentro de Francia, en el mismísimo Panteón, se encuentran los restos de Voltaire, autor de diatribas contra los judíos que hoy serían motivo de absoluto rechazo. Y si nos metiésemos en otros abruptos terrenos, como la misoginia o la esclavitud, o el concepto que tenían de los «moros» varios de nuestros autores clásicos, dejaríamos muchos títeres sin cabeza. En fin..., ¿era el magnífico Cervantes intachable en todos los aspectos?
Supongo que el secreto está en que las diatribas que lanzamos a diario no vayan seguidas de un exterminio de aquellos contra quienes van dirigidas. O convertirse en historia: que llegue el momento en que Céline resulte tan lejano como Shakespeare.
Porque parece que para conmemorar la altura literaria del autor de una obra excelente, si obra y autor son más o menos recientes, es necesario haber tenido las ideas correctas, o, dicho de otro modo, haber sido lo que hoy pueda considerarse «una buena persona», concepto tan evanescente como dudoso, y en el que seguro que incluirían a Céline sus pacientes sin apenas recursos de la periferia de París.
¿Quizá se debe a eso que hoy suframos esa epidemia de obras tan superfluas como empalagosas, tan ridículas como ramplonas, en las que se ensalzan sin el menor rubor los llamados «buenos sentimientos» y, al mismo tiempo, el alma noble de su autor?..., ¿tantas obras descaradamente situadas del lado de las convenciones morales actuales, haciendo frente común con los ganadores de cualquier guerra ideológica?..., ¿tantas obras trufadas de bienintencionadas «denuncias» y de «solidaridades»?..., ¿es esto una forma de oportunismo, de ponerse a salvo de los censores actuales y futuros?..., ¿incluso una forma de chantaje a la crítica, que se lo pensará dos veces antes de echar por tierra uno de estos engendros?..., ¿o es sólo una nueva forma de beatería ahora en boga?..., ¿será que al disfrutar de estas obras uno acaba por sentirse tan buena persona como sus autores?
Temo que la consecuencia última de todo esto sea que nos veamos privados de obras que inquieten, que cuestionen, que nos muestren nuestras negruras, nuestros conflictos, nuestros dilemas, nuestras alturas y bajezas, que defiendan puntos de vista contrarios a los vigentes...
O sea, todo aquello que los buenos creadores siempre han hecho.
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