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El paisaje humanizado

04.06.11 - 00:49 -
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Tan sólo un dos por ciento del territorio de la Comunitat Valenciana puede considerarse que mantiene prácticamente intactas sus características naturales, las que podríamos suponer que ya tenía antes de extenderse la presencia colonizadora del hombre. José Manuel Almerich, gran conocedor de los más recónditos vericuetos de nuestra geografía, concreta ese dos por ciento en las montañas boscosas y en ocasiones casi impenetrables de la Tinença de Benifasà, en Els Ports, al norte de Castellón, y en las proximidades del del Javalambre, al norte de la provincia de Valencia, entre la Serranía y el Rincón de Ademuz. El resto, por natural y permanente que nos parezca en tantas ocasiones, en realidad es un paisaje humanizado, y no por eso menos hermoso y valioso. De ahí el título de 'El Paisaje creado' que María Ángeles Arazo y el propio Almerich han elegido para el bellísimo libro que han compuesto, la primera en los textos y el segundo en las fotografías. Un libro que es un auténtico lujo.
La obra, publicada por la Conselleria de Cultura, acaba de salir de imprenta y se presentará oficialmente el próximo día 7, a las 19.30 horas, en el Centre del Carmen de Valencia.
Los autores han recorrido de norte a sur y de este a oeste nuestra Comunitat, han captado cientos de imágenes e historias y nos presentan una magnífica selección de estampas que nos invitan, primero, a leerlas y admirarlas con detenimiento, y a continuación, plenos de sana envidia, a recorrer los lugares que nos muestran y explican y a conocer a las gentes que los habitan y sus modos de vida.
Explica Mª Ángeles que «en el paisaje nos ha interesado, fundamentalmente, la impronta de la intervención del hombre». Al plantearse el libro «tratamos de huir de la minuciosa descripción iconográfica y literaria de la naturaleza, ya sea imponente o lírica, atormentada en su grandeza o propia para un soliloquio íntimo».
Se inclinaron «por la lucha del hombre por sobrivivir en cualquier lugar, tanto abrupto como remansado junto a ríos, campos de pedregal o de tierra fértil».
Esa huerta valenciana que nos maravilla, por ejemplo, no es nada natural, sino el resultado de siglos de trabajo para convertir en tierra feraz lo que antes eran marjales incultas e infectadas de mosquitos y cañaverales. Y su transformación no se completó hasta hace pocos siglos. Como ocurrió con las huertas del Mijares, Júcar y Segura, y con los arrozales que circundan la Albufera o los de la marjal de Pego-Oliva, o con las vastas extensiones del frondoso y rico bosque de naranjos, que empezó a nacer apenas hace algo más de doscientos años.
Almerich dice que «más que natural, es un paisaje cultural, pero además con grandes valores naturales, incluido el de su diversidad». De ahí que la propia consellera de Cultura, Trini Miró, destaque en su prólogo del libro la relevancia que éste tiene al resaltar «la intervención del hombre en el paisaje valenciano, el impacto histórico del trabajo sobre su entorno... por la intervención durante siglos de actividades humanas tradicionales como la agricultura, la ganadería, la caza, el pastoreo, la pesca...» Y además tiene la obra la importancia de contribuir a «la difusión y divulgación de nuestro rico patrimonio histórico».
El periplo, cuenta Mª Ángeles Arazo, «comenzó en los pastizales de Morella, donde el ganado vacuno sustituyó al de ovejas, tan apreciado siglos ha por la lana que se intercambiaba con mercaderes italianos». Los ganados «se conducían por azagadores, caminos enmarcados con muros de piedra que todavía subsisten». La piedra en seco, elemento constructivo que se repite en tantas comarcas para hacer ribazos de campos, cercas, casas, refugios, cucos o cabañas... Piedra en seco que llena el paisaje en Els Ports, Maestrat, Alcalatén, Camp de Turia, Serranía, Sierra de Enguera, la Safor, los valles de la Montaña de Alicante, el Vinalopó, La Marina...
En las altas sierras de Els Ports, entre sus bosques inmensos, se oculta el monasterio de monjas cartujas de la Tinença de Benifassà, como múltiples pueblos pequeños, aldeas y masías. A la autora le impresionaron especialmente estos parajes, como la sucesión de abancalamientos de cultivos en las innumerables laderas, «el esplendor que nos sorprendió en Adzaneta del Maestrat con la explosión de sus almendros floridos» y los minifundios a orillas de los pequeños ríos de Villahermosa y Lucena, «modestos campos de hortalizas limitados por cañaverales y zarzas, pertenecientes a municipios que conservan joyas góticas en sus iglesias».
De igual manera, puesta a destacar algunas preferencias, Mª Ángeles cita también «el espectáculo de la Albufera y los arrozales inundados, y sus ocasos dorados, porque, aunque suene a tópico, es de lo más bello que tenemos, y los molinos de Xàbia, desde los que se contempla el mar».
Los olivares de tantas comarcas, los alcornoques y la saca del corcho en la Sierra de Espadán, la sucesión de valles y barrancos, los extensos viñedos y las bodegas de la plana de Utiel-Requena, las viñas de uva embolsada del Vinalopó, los humedales del sur de Alicante, el constante esfuerzo de la búsqueda y la canalización del agua en el Segura, que cobra máxima expresión en el emblemático conjunto de Rojales, la laguna del Fondo d'Elx, las salinas de Santa Pola y Torrevieja... Los autores van describiendo tantas joyas como tenemos al alcance y a las que, de tan cerca, por habituales, no les acabamos de dar la relevancia que tienen. Patrimonio etnológico, la historia de la intervención sabia del hombre sobre lo que le rodea para poder comer y subsistir.
Almerich recuerda la importancia de la labor que tuvieron los moriscos en abancalar montañas para cultivar en cualquier pedazo de tierra útil. Una lucha vital de siempre, que se remonta «al Paleolítico, al momento en el que el hombre descubrió que plantando una semilla crecía una planta y así podía disponer de más comida». El arrinconamiento de los moriscos a tierras, valles y laderas del interior, por la presión de los cristianos que avanzaban, marcó una clara época de transformaciones que ahora siguen cumpliendo una función ecológica, frenando procesos erosivos y aportando belleza. Luego, en esas comarcas llegó una segunda fase de expansión de la ocupación humana a partir de primeros del siglo XX, con la proliferación de masías.
Ahora sería utópico dejar salvaje lo que lleva siglos humanizado, «como dejar suelto a un animal domesticado; se perdería y moriría», y recuerda José Manuel que «hasta las hierbas aromáticas de la Sierra Mariola desarrollaron estrategias defensivas para no ser devoradas por animales, y gracias a eso nos aprovechamos ahora con las fragancias de sus aceites esenciales, que rechazan los herbívoros porque son sustancias que amargan».
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