Desde hace unos meses el mundo asiste atónito a la preocupante situación generada por la central nuclear de Fukushima tras el terremoto que sacudió Japón. Muchos aguantan la respiración esperando que el incidente no se convierta en un nuevo Chernóbil. Porque en 1986, la ciudad ucraniana vivió su particular viacrucis en un accidente nuclear que se ha considerado el más grave de la historia.
Aquel año, el departamento de medicina nuclear del hospital La Fe exploró a más de treinta personas por posible contaminación radiactiva. Todos ellos valencianos que habían viajado al Este europeo y que habían estado a menos de 300 kilómetros del lugar del accidente.
Uno de ellos relató al periódico cómo vivió la preocupación generada por el accidente durante su viaje a Rusia. «Me llamaron desde Valencia para informarme, pero el guía dijo que el escape no era importante». Así que continuó su viaje con cierta tranquilidad, hasta que en Leningrado unos estudiantes ingleses le comentaron que habían recibido una llamada desde sus casas para que regresaran a su país inmediatamente.
Después marchó a Bucarest y allí supo que las embarazadas y los niños tenían prohibido salir a la calle. «Entonces comprendí por qué se nos había cortado el suministro de leche en los desayunos en Rusia. En Rumanía también se nos advirtió de que no la tomáramos». Ya en Suiza se enteró por la prensa de la magnitud de lo sucedido y nada más llegar a Valencia se sometió a las pruebas. Dio negativo, igual que el resto de los analizados.

















