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La primavera del dibujante

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La primavera del dibujante

24.04.11 - 00:24 -
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Alas siete de la mañana suena el despertador en casa de Paco Roca. Si fuese un personaje de alguno de sus cómics se dibujaría a sí mismo con un globo y un gigante «Uuuuaaaaaaaa». Comienza la jornada del dibujante de moda, algo que a él le ruboriza que le digan. Cruza su casa en zapatillas, como un tipo normal. Él se considera muy corriente. «Sin grandes pasiones». Nada que ver con el extravagante Sr. Hulot, el personaje de la película de Jacques Tati 'Mi tío', cuyo póster corona la entrada del piso del historietista valenciano.
Con el café en la mano cruza una pequeña terraza y llega a su estudio. Antes lo tenía instalado en la Finca Roja. Hace un año, con el nuevo rumbo que había tomado su vida, decidió trasladarlo a la tranquilidad de su hogar. Vive en una finca de una sola altura, sin ascensor, muy apacible. El centro de Valencia queda a escasos diez minutos pero desde allí no se escucha ni un coche ni un grito. Sólo el piar de los pájaros. Suena idílico pero es real.
«Al principio el estudio estaba dentro de casa, ahora los he separado porque si no me daba mucha pereza empezar. Tenía la casa impecable porque me entretenía en arreglarla antes de ponerme a trabajar. El separar la casa y el estudio con una terraza parece simbólico, pero me ha centrado», explica Roca.
Lo primero que hace cada día es atender el correo, lo que le lleva más de una hora. Desde que ganó el Premio Nacional con 'Arrugas' le llaman para dar conferencias, pedirle colaboraciones, solicitarle entrevistas... «Me roba mucho tiempo pero intento contestarlos todos. Me gustaría actualizar más mi web y meterme en redes sociales, pero no encuentro el momento», cuenta.
Maniático de la rutina
Confiesa que le gusta mantener sus hábitos. De hecho, se define como un «maniático de la rutina». «Es mi única manía, me desestabiliza que me alteren los horarios». Trabaja cada día hasta la una del mediodía y de cuatro a ocho de la tarde. «Soy metódico. Los asuntos más creativos me cuesta afrontarlos a primera hora de la mañana o de la tarde. A esas horas prefiero hacer cosas más automáticas como colorear. Con cada cómic estoy año y medio, así que si no me organizo es un desastre. Me fijo plazos para cada fase y nunca las mezclo», relata.
No le gustan los deportes, ni verlos ni practicarlos, pero se obliga a ir cada mediodía al gimnasio o a la piscina. Dice que a su edad hay que cuidarse. Este año cumple 42.
Aunque en algunos aspectos continúa siendo un niño. Una gran reproducción de Maginzer Z en su estudio le delata. «No soy demasiado friki, ni conservo muchas cosas de la infancia, pero algunas me resisto a tirarlas. Antes lo almacenaba todo», reconoce.
En sus estanterías apila cómics de Mark Millar, Frank Miller, Daniel Clowes, Joe Sacco, Dani Torres o Giardino, entre otros, que conviven con catálogos de autores como Dalí o Rodin y con novelas de Paul Auster, que, según él, practica un realismo parecido al suyo.
Y es que Paco Roca ha logrado tratar lo terrible como algo divertido. ¿Nunca se ha planteado dibujar un superhéroe? «Se idealiza desde fuera. Luego te das cuenta de que el autor tiene poco peso dentro de esa obra. Además hay mucha censura, no se puede tocar cualquier tema...», comenta. «Me encantaría si lo hiciese con libertad. Y si fuesen 'Los cuatro fantásticos', mejor».
Admite que el suyo es un trabajo muy solitario. «Para lo bueno y lo malo lo que haces depende de ti. El peligro es que te puedes quedar obsoleto, porque tienes poco contacto con la realidad. Los dibujantes suelen envejecer mal», añade. Tantas horas consigo mismo y luego pasa lo que pasa. «Le doy bola hasta a la cajera del supermercado o al primero que me pregunta una dirección en la calle».
Hay que combatir esa falta de compañía. En eso se diferencia poco con los personajes de 'El invierno del dibujante', el trabajo con el que ha triunfado en el Salón del Cómic de Barcelona y que es protagonista de dos muestras en Valencia (Fnac y Centro Comercial Gran Turia).
Otras adversidades sí se han superado. «Hemos ganado en el reconocimiento del público y de nuestros derechos». Eso sí, él como Conti, Cifre, Escobar, Giner o Peñarroya, es un obrero de la viñeta.
Aunque hubo un tiempo en que estuvo a punto de cambiar el lápiz por los alicates y las pinzas de electricista. «Soy de una generación en la que decirle a tus padres que te querías dedicar a algo fuera de la norma era una locura, así que me insistieron para que dibujase en mis ratos libres y buscase una profesión normal. Estudié para electricista porque mi padre y mi hermano lo son. Nunca ejercí», recuerda. «No soy manitas, por eso creo que la cosa me llevó por otro terreno».
En el 'Hola' con el Rey
Sus padres nunca lo entendieron. Hasta que un día lo vieron en el 'Hola' compartiendo foto con el Rey. «No veían claro a qué me dedicaba, ni en la publicidad, ni en el cómic. El Premio Nacional sirvió para eso. Mi madre estaba orgullosa y entendió que su hijo había conseguido algo», narra alegre. «Se ponen medallas delante de los vecinos. Sólo por eso ha merecido la pena».
Después de comer, regresa a su estudio. En él acumula Moleskines en las que apunta todo lo que se le ocurre. «Algunas ideas luego consigues usarlas y otras se quedan ahí. Ahora me alucina, por ejemplo, que con la edad te salgan pelos en las orejas. De momento es una idea, pero quizá algún día si le doy vueltas sale algo. Tengo libretas generales, de personajes, otra para 'Memorias de un hombre en pijama'», afirma. «La página que publico cada domingo en LAS PROVINCIAS me mantiene activo. Hay que discurrir algo cada semana y debes recurrir a cualquier idea».
«¿Y si falla la inspiración? El oficio te da armas. A veces de una reflexión sencilla, si la trabajas surge algo válido. No se puede esperar a la inspiración», responde.
Quería tomarse un tiempo sabático, pero no lo ha logrado. Anda ideando su próximo cómic, que se desarrollará en la II Guerra Mundial. Además ha aceptado el reto de sumergirse en el género negro con Ramón Palomar. Uno se encarga de los textos y otro de los dibujos. «Se sitúa en Tánger, a mediados de los 70. Hay mucho macarreo, tema sórdido y lumpen, esos asuntos que le gustan mucho a Palomar...», dice. Y en unos meses se estrena la adaptación al cine de 'Arrugas'. El trailer ya circula por internet.
Hay días que se permite coger la bici y escaparse a pensar a Viveros. «Allí se me han ocurrido algunas historietas de las páginas de LAS PROVINCIAS. Me gustaría ir más a esos jardines o a la playa, pero me acomodo», matiza.
Llega la hora de cenar. A Roca la cocina se le da bien, le distraen mucho los fogones. Su especialidad es la comida árabe. «Me salen muy bien el tallín y el cuscús. Se lo pongo a mis amigos que no tienen con qué comparar», indica jocoso.
Reconoce que mantener una relación de pareja con su ritmo de trabajo es difícil porque nunca termina de desconectar. «Se te ocurren ideas cuando vas de vacaciones o en medio de una conversación. Necesitas estar con una persona con una profesión liberal como la mía para que te entienda». Él la ha encontrado. Su novia se dedica al diseño gráfico y con ella comparte gustos y horarios poco habituales.
Una copa con los amigos y a casa. Y si es rehogada con música de Jamiroquai, Talking Heads, La Habitación Roja o Radio Futura, mejor. La misma que le hace compañía en el trabajo. Si precisa concentración opta por Sinatra o Miles Davis.
Ya en la cama, a veces sus propios sueños toman forma de viñeta, lo reconoce. Y es que de noche sigue siendo ese dibujante que escapa de la realidad. «En las viñetas creas tus propias reglas, te sientes a gusto, es el lugar en el que mejor puedo soñar».
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Retratándose. Paco Roca se dibuja en una viñeta a sí mismo para ilustrar este reportaje. :: TXEMA RODRÍGUEZ

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