Cada vez que Amparo Minguet habla del AVE, coge la mano derecha, se la lleva a la boca y la saca hacia fuera haciendo la forma de un pico. La presidenta de la Federación de Personas Sordas de la Comunitat (Fesord) está ansiosa por comenzar a hacer picos, por olvidarse del Alaris y del avión. Minguet, de hecho, va a ser una de las primeras valencianas en subirse al flamante convoy.
Lo hubiera estrenado hoy mismo, pero todavía no está en funcionamiento, así que esta mañana tendrá que volver a Manises, pasar el engorroso control, subirse al avión y apretar los puños cuando despegue. «Me da un poco de respeto», reconoce. Pero el domingo, que tiene que regresar, una vez más, a Madrid, no lo perdona. «Estoy feliz por un doble motivo: por un lado, voy a poder estrenar el AVE el día que entra en funcionamiento, y, por otro, viajo a Madrid para recoger un premio (Sello Europeo 2010 a iniciativas innovadoras en la enseñanza y el aprendizaje de lenguas)».
Amparo cuenta todas estas cosas a través de Cristina, que hace de intérprete y que se pone muy seria cuando pide que hablemos de personas sordas (no de sordos) y de lengua (no lenguaje) de signos. «¿Por qué no podemos decir sordos? No es peyorativo», le preguntamos. «Ya, pero nos gusta más personas sordas», atajan entre las dos en la sede de Fesord, que está a tiro de piedra de la estación Joaquín Sorolla. «La verdad es que he tenido suerte, estoy a dos pasos de la estación», celebra Minguet.
Amparo lleva diez años al frente de Fesord y otros seis como vicepresidenta de la Confederación Estatal de Personas Sordas (CNSE), motivo fundamental de sus frecuentes desplazamientos a Madrid. Durante todos esos años se ha convertido en una viajera experta, en una viajera sorda experta. Internet ha acabado, al fin, con el martirio de las ventanillas. Y a partir de ahí, con el billete en la mano, dice no sentirse muy diferente al resto. «Las principales barreras son de comunicación, pero si se acompaña la megafonía con paneles bien visibles, no tenemos ningún problema».
Aunque siempre, tanto en el tren como en la vida, tienen que estar un poco más alerta que los que no sufren esta minusvalía. «Como un día», recuerda, «que tenía que bajar en Atocha y antes, en Chamartín, comenzó a bajarse todo el mundo. Yo esperé en mi asiento hasta que entró un revisor y me informó de que había un problema y tenía que cambiar de tren. Cogí mis trastos y bajé corriendo. Por suerte, llegué a tiempo de coger el otro tren».









