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Oficios en peligro de extinción

31.10.10 - 00:31 -
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Pertenecen a una raza de profesionales con muchas crisis superadas. Repartían su género a pie, en mula o carro, dependían de la fuerza y la pericia de sus manos en tiempos difíciles y han mantenido durante generaciones actividades que hoy están a punto de darse por extinguidas. Cuando no había teléfonos móviles y el único correo que existía era el del cartero, los artesanos podían vivir de su trabajo. Ahora ya no.
El olvido, la falta de ayudas, los vertiginosos cambios en los hábitos sociales y la crisis están asfixiando muchos oficios artesanos que hace décadas tenían actividad frenética asegurada. Otros ya han tenido que firmar su sentencia de muerte.
Calafate
Boro Cases
El arte de fabricar barcas se hunde poco a poco
«Ahora piden una embarcación al año y gracias. Hace varios yo podía llevar seis, por ejemplo, y hasta tenía que decir que no a algunos trabajos por falta de tiempo». Boro tiene su oficina al aire libre. Su puesto de trabajo se encuentra en el puerto de Catarroja, donde ejerce como último calafate de la zona.
Su tarea consiste en fabricar embarcaciones típicas de la Albufera pero su actividad se hunde poco a poco. Sólo las peticiones de algunos enamorados y nostálgicos la mantienen a flote.
También los paseos en barca para colegios y grupos, actividad a la que él mismo se dedica para ir tirando. En su taller ahora se repara lo justo. «Antes te pedían que repasaras toda la barca y ahora sólo se atiende lo más urgente», explica.
El proceso de fabricación es prácticamente el mismo que hace cien años sólo que ahora «el alquitrán se ha cambiado por la fibra de vidrio, que es mucho más fácil de trabajar». Este material permite sellar las juntas de la madera (suele ser de pino o fresno) más fácilmente pues antes «había que ir probando, se abrían grietas, había que 'calafatarla' de nuevo y poner trapos para no mancharte. Esperabas a que se hinchara la madera para que fuera prestando. Era muy laborioso».
Una barca de unos ocho metros requiere tres meses de trabajo. Su precio puede rondar los 12.000 euros. «Antes se gastaban para la carga del arroz, por ejemplo, había barcas de 40 sacos o de 70». De las más de 350 naves que surcaban esta zona sólo quedan unas pocas decenas. «Es una pena que se pierda este oficio pero no recibimos ayudas para nada. Al final, tendré que dejarlo», sentencia.
Alfarero
Paco Giner
De hacer 400 macetas al día a ninguna
A los 9 años, Paco comenzó a trabajar en el taller de alfarería de su abuelo y su padre. Primero fue en una cueva de alquiler y luego tuvieron la suya propia. Su actividad en los años cuarenta y cincuenta era frenética. Se trabajaba de diez a doce horas diarias, junto a un horno moruno, que alcanzaba los mil grados centígrados y que se hacía funcionar 24 horas. En verano el taller se convertía en un infierno. «Podía hacer entre 400 y 500 macetas cada día. Con 12 años mi padre me hizo un tornito pequeño».
Su oficio artesano duró 57 años, hasta que colgó los aparejos. «Sólo estaba yo aquí y ahora ya no queda nada. He sido el último. Tuvimos épocas buenas pero luego empezó a flojear y la llegada de la cerámica china de mala calidad nos remató. Esto fue la carcoma que ayudó a acabar con la alfarería tradicional», explica Giner.
De dar vueltas al torno le han quedado por herencia dos prótesis de rodilla y muchos recuerdos. «En la época que no había luz había que dar vueltas y vueltas como los burros para tratar la arcilla. Metías 30 capazos y dabas 30 minutos de vueltas por lo menos». En su haber artístico hay piezas únicas y más de 8.000 socarrats. Hace 70 años «se podían contar unos 20 profesionales y ahora sólo quedará algún aficionado. Es una pena que se haya perdido algo que aquí tuvo tantísima tradición. Debería montarse una escuela o algo que lograra recuperar este oficio».
Chocolatero
Justo Giner
Un trabajo muy dulce con final amargo
La fabricación tradicional del chocolate en Torrent era, a mediados del siglo pasado, un negocio próspero. «Había unos 60 talleres que elaboraban productos de pastilla y de barritas, chocolate en polvo... han ido desapareciendo con la llegada de la fabricación industrial y a gran escala y ahora sólo quedan tres o cuatro». Justo Giner pertenece a una de esas familias que endulzaba las meriendas de los más pequeños. En la época del pan con virutas de chocolate a media tarde las marcas El Lince y Madam llenaban las despensas. «Estos productos los impulsó mi padre. Íbamos cada mes por los pueblos para distribuir la mercancía, primero en mulas y luego ya con una furgoneta, desde la calle Sagunto hasta la Sierra de Espadán», explica.
El cacao de Guinea o el americano eran la materia prima que, mezclada con azúcar y harina, daba forma al chocolate de antaño. Después aumentó el poder adquisitivo de las familias y cambiaron los hábitos alimenticios. «Si podían, ponían en la merienda pan con fiambre. Después, llegaron las grandes industrias y yo tuve que compaginar la tradición familiar con otros trabajos. Ya no se podía vivir de esto y eso que hemos sido tres generaciones y mi padre murió prácticamente haciendo chocolate», destaca Justo.
Fabricante de abanicos
Vicente Benlloch Alonso
Veinte talleres que han desaparecido en Godella
El arte de fabricar y decorar abanicos tenía hace más de medio siglo mucho futuro. En Godella persiste el taller de Vicente Benlloch, tercera generación de artesanos encargados de decorar estas pequeñas obras de arte. Abanicos Antonio Benlloch sigue ilustrando a mano las telas de percal que despliegan pequeñas varillas de madera de peral, abedul, palo santo, nácar o ébano. «Es como pintar un cuadro, se tarda más o menos lo mismo». En esos pequeños lienzos, Vicente plasma escenas de Sorolla o Monet, rodeado de centenares de pinceles de todos los tamaños imaginables.
«Nosotros estamos todavía funcionando pero la situación está cada vez más complicada. Antes cada semana teníamos, por ejemplo, cuatro encargos de 36 docenas cada uno. Ahora se hacen entre dos o tres docenas, según los pedidos», detalla este artesano.
Su abuelo abrió el taller familiar en el año 1918. «Pintaba para fabricantes y después nos encargamos nosotros directamente. Hace años no salíamos del taller, te venían los clientes. Ahora tienes que salir tu a buscarlos».
La importación de productos procedentes de oriente «supuso el principio del fin para muchos pequeños negocios familiares. Cada vez llegan más piezas, todas de pésima calidad, que han copado el mercado y eso ha hecho mucho daño. La competencia es brutal. Se han copiado muchas de nuestras muestras y así no se puede seguir trabajando».
Otro tropezón «fundamental» ha sido la falta de ayudas para que este oficio no se pierda. «Existe la posibilidad de ir a ferias pero esto, tal y como están las cosas, resulta muy caro y muchas veces no podemos acudir. Deberían ponerse en marcha iniciativas para promover y potenciar esta actividad».
El taller de Vicente exporta abanicos a muchos lugares del mundo como Italia, Portugal o Méjico. «Fuera de nuestras fronteras se valora mucho este tipo de trabajo pero aquí falta promoción, apoyo, iniciativas que ayuden a mantener viva esta profesión. No me gustaría tener que abandonarla», asegura.
Granerer
Baltasar Silla
El plástico acabó con los escoberos de Torrent
Un oficio que no tuvo oportunidad de sobrevivir fue el de granerer. En Torrent esta especie se extinguió hace ya varios años. Baltasar Silla comenzó a fabricar escobas y pinceles, a los 14 años, y continuó haciéndolo hasta los 59 años, poco antes de su fallecimiento. Su padre también fue granerer.
El plástico acabó con esta estirpe de gran tradición en esta localidad de l'Horta. Su sobrino, Eduardo Montoro, se ha empeñado en mantener viva la memoria de su tío el granerer y de quienes trabajaron en el mismo oficio.
«Los casi veinte escoberos de Torrent se iban hasta El Palmar para recoger las palmas, las extendían y las secaban para que no cogieran moho y después las cargaban en carros para llevarlas al pueblo. Cada uno tenía su establo en el que podía almacenar las palmas durante todo el año e ir fabricando escobas», explica Montoro.
Los pinceles que se elaboraban antaño servían, en muchos casos, para pintar las paredes de las casas con cal viva. «No se podían utilizar las manos porque te las quemabas. Con las palmas que se desechaban de las escobas se fabricaban después estas brochas», detalla.
Baltasar Silla era sordomudo y para hacerse oír y repartir los productos «llevaba siempre una especie de trompetilla. Era muy conocido en Torrent y muy querido». Y para que su historia y su oficio no se olviden, su sobrino cuenta la historia de su vida en una página de facebook.
Eduardo conserva todas las herramientas de trabajo de su tío y muchas fotografías que explican cómo era la vida de estos profesionales tan particulares y singulares. Y las nuevas tecnologías se han convertido en un buen aliado. «Es un trabajo que se ha perdido para siempre, así que lo único que podemos hacer es no olvidarnos de los granerers».
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