Un pintarrajeado muro de dos metros separa una de las mayores concentraciones de arte pictórico de España y un callejón en el que abundan las casas tapiadas y que culmina en un solar lleno de matorrales y escombros. Algún turista despistado, antes o después de visitar el San Pío V, tiene la ocurrencia de rodear el museo, una idea que nunca culmina a causa de la mala urbanización de la zona. Tan deficiente es la situación que sufre la parte trasera de la pinacoteca que fuentes del museo admiten que se trata de una zona «al filo de lo marginal, y va a peor». Y ciertamente aún empeorará más, porque el entorno del San Pío V ha quedado en tierra de nadie.
En teoría debería ser el Ayuntamiento de Valencia el que adecentara la zona. Sin embargo, y merced a la cesión de suelo municipal que se realizó para que el Gobierno central acometiese la cuarta fase de la reforma del museo, fuentes del Consistorio aseguran que el Ministerio de Cultura se comprometió a asumir la urbanización del entorno durante la quinta fase de las obras. Desgraciadamente, esa quinta fase está bloqueada, y además, desde el departamento que dirige González-Sinde se excusa la paralización en el embrollo urbanístico que sufre la pinacoteca.
El resultado es sangrante. Según señalan fuentes municipales, parte de la cuarta fase de la ampliación (inaugurada en 2003) se realizó sobre suelo público del Ayuntamiento. La cesión se produjo cuando las relaciones entre la Administración local y estatal eran mucho mejores. De hecho, la ministra de Cultura de entonces, Pilar del Castillo, se encargó de inaugurar la cuarta fase. Como entonces no se ató ni se rubricó la permuta, actualmente, el Ayuntamiento no puede hacer otra cosa que reclamar que le hagan caso en el Ministerio y que, a cambio de los terrenos ocupados desde hace una década y valorados en seis millones de euros, el Gobierno central tenga a bien urbanizar todo el entorno del San Pio V.
Pasarán aún bastantes años hasta que se intervenga en calles como Genaro Lahuerta o en viales sin salida como la calle Vuelta del Ruiseñor, donde se alternan las casas bajas ocupadas con las abandonadas. Consuelo G. vecina de la zona, concretamente de la calle Poeta Bodria, asegura que en el callejón «entra a veces gente muy rara».
«La verdad es que cada vez es más preocupante la situación de esa zona. El museo tiene vigilantes jurados, pero se trata de una situación al borde de lo problemático», reconoció a LAS PROVINCIAS un veterano funcionario de la pinacoteca.
Un breve paseo por la calle que comparte pared con el San Pío V despeja cualquier duda. La maleza salpica un camino sin acera, pues los coches estacionados invaden la ya de por sí estrecha zona de paso para peatones, que generalmente caminan por mitad de la calzada. Se esquivan cristales rotos sin ver en toda la calle más que un negocio de venta de objetos de segunda mano, desde donde aseguran no tener «problemas con nadie. Hay de todo un poco, pero no está mal». El callejón culmina en una especie de plazoleta semiasfaltada en la que crecen los arbustos, una vegetación que oculta un carrito de supermercado volcado y permite que algún valiente aparque el coche junto a los palés abandonados. Apenas un muro separa al San Pío V de todo eso, al filo, al borde de lo sórdido.










