Bienvenidos a Rocadura. Aparcamos el troncomóvil y nos vamos de visita por la ciudad con Pedro Picapiedra y familia. The Flintstones acaban de cumplir cincuenta años. Quién les iba a decir a Vilma y a Betty, con lo cosmopolitas que eran, que medio siglo después seguimos en la Edad de Piedra.
Sin ir más lejos, hace seis días llovían precisamente piedras en esa especie de circo/foro romano en el que los polititecus deberían estar velando por nuestro futuro y bienestar. Lo que ocurre es que a veces las tribus políticas están más por atrincherarse en sus troncosofás que por echarnos un cable para salir de esta glaciación económica que nos azota. Mientras ellos juegan a echarse chinitas, a limpiar sus trapos sucios con verborreas inútiles, nosotros seguimos a los pies de los dinosaurios.
La pura realidad es que, cuando uno ve las noticias por la granitotele, se queda de piedra. La pantalla parece tomada por neanderthales que deben tener el cerebro del bueno de Dino. Bajo la cortina de una huelga general, unos a los que les gusta hacerse llamar anarquistas y que los doctos denominan antisistemas, montan batallas monumentales con quema de troncomóviles incluida. Es la tribu de los descerebrados, esos que en vez de neuronas pasean polvo de mármol.
Aunque para salvajes, los que salen un día a la calle y le meten un cuchillo en el cuello a su esposa; o le da sartenazos hasta dejarla inconsciente o, directamente, la mata a puñaladas para después, como un gorila poseído, lanzarse para el balcón para quitarse la vida. Con lo fácil que sería empezar la historia por el final.
Pedro Picapiedra, Pablo Mármol, sus chichas y sus niños se conservan muy bien medio siglo después. Y deberían estar felices al ver que lo que empezó un 30 de septiembre de 1960 como una serie de éxito, se ha convertido ahora en una realidad palpable. Hemos regresado a la Prehistoria y vivimos rodeados de australopithecus. No me extraña que ¡Vilmaaaaaaa! se niegue a abrir la puerta.
Besos desde Rocadura.









