Hace tres años, el diario británico 'The Times' envió a un periodista a Manacor, una pequeña ciudad al sur de Mallorca. Los editores querían descubrir al público inglés cómo era realmente aquel chaval que iba a ganar su tercer Roland Garros y que se había convertido en la mayor amenaza para el asombroso Roger Federer. El reportero Paul Kimmage tituló su artículo 'El rey de la selva' y en él forzaba la comparación de Rafa con Mowgli, el intrépido niño indígena que vivía entre animales. Paul quizá imaginaba que un tenista millonario, fogoso y casi adolescente iba a pasar sus días de fiesta en fiesta, luciendo sus ferraris por el paseo marítimo de Palma y durmiendo cada día con una modelo. Por eso se quedó atónito cuando le pidió a Rafa que le mostrase lo que para él era «un día perfecto».
Aquel «día perfecto» comenzó a las 6.30 horas de la mañana, en Porto Cristo, donde la familia Nadal tiene una casa que suele utilizar en verano. Después de un desayuno rápido, Rafa caminó hacia el puerto. En el barco de su padre, le esperaban ya sus amigos Tomeu Salvá, también tenista, y Miguel Cabor, estudiante. Tras los oportunos saludos y algunas bromas, los tres soltaron amarras y se adentraron en la mar. Cinco horas después, regresaron con un pequeño botín: algunos pececillos silvestres y una hermosa lubina. Luego marcharon hacia su casa, cortaron el pescado, lo cocinaron y se lo merendaron. A esa hora aparecieron por casa los tíos de Rafa: Toni, su entrenador, y Miguel Ángel, el ex futbolista internacional del Barcelona. Todos se enzarzaron entonces en una discusión deportiva y acabaron retándose en el campo de golf. Aquel día, Rafa ganó en el último hoyo. Luego, el tenista volvió a Porto Cristo justo a tiempo para jugar un partido de fútbol con sus amigos. Sólo cuando ya se hartaron de dar patadas al balón, se ducharon y salieron a tomar unas cervezas por ahí. A las tres de la mañana, Nadal se acostó. «Y éste es un día perfecto», le dijo al sorprendido periodista, que sólo acertó a preguntarle:
-¿Eso es todo? ¿Y el sexo?
El periodista Paul Kimmage, enviado especial del 'Times', se le quedó mirando asombrado, definitivamente confuso: así que la vida cotidiana del guerrero más salvaje del tenis, que él imaginaba tumultuosa, frenética y burbujeante, era en realidad tan pacífica, sencilla y austera que parecía aburrida.
Una novia de su estilo
Tres años después de aquel día perfecto en Porto Cristo, algunas cosas han cambiado. Rafa es ahora el número uno del mundo, se ha convertido en el séptimo tenista de la historia en conseguir los cuatro grandes y tiene novia. Sin embargo, si el periodista británico regresara hoy a Manacor, creería que nada realmente importante ha sucedido. Rafa sigue pescando, jugando al golf y saliendo con sus amigos de siempre. Hasta su novia hubiera decepcionado a Paul Kimmage: el joven campeón no ha escogido una modelo neumática de las que lucen sus implantes en el 'Playboy', sino a Xisca Perelló, una chica de su pueblo, amiga de su hermana Isabel, que estudió Empresariales y que ocupa siempre una discretísima cuarta o quinta fila.
Así que el reportero del 'Times' hubiera podido acabar su relato con la misma pregunta que se formuló en el 2007: ¿cómo es posible que un tipo tan humilde sea tan voraz en la cancha? «Pues yo creo que Rafael es igual en la pista que fuera», replica Miguel Ángel Nadal, el tío futbolista. «Es cierto que sale siempre a ganar, como debe hacer cualquier deportista, pero con un máximo respeto por el rival, por el público... Yo no veo diferencia entre el Rafael del tenis y el Rafael de Manacor».
David Llopis, psicólogo deportivo, tampoco cree que Nadal esconda un Mister Hyde bajo su amable disfraz de Doctor Jeckill: «En su forma de ser predominan la serenidad, la reflexión y las buenas formas. Pero cuando está en la pista sabe perfectamente cómo disminuir su nivel de activación en los periodos de pausa y cómo aumentarla cuando disputa un punto». Eso es «pura concentración».
Su máximo rival, el suizo Roger Federer, hoy número 3 del mundo, tiene motivos para odiar al tenista mallorquín. Si no hubieran coincidido en las pistas, Federer habría cosechado un número casi indecente de títulos; pero Nadal le frenó. Sobre todo, en la tierra batida de París. «La arena no es mi problema; mi problema es Rafa», confesaba con amargura. El elegante suizo incluso rompió a llorar cuando, tras una final épica, su rival le derrotó en el Abierto de Australia, en enero de 2008: «Dios mío -musitó-; esto me está matando». Pero Roger y Rafa no necesitan odiarse para sostener una de las más grandes rivalidades de la historia del deporte. «Me gusta su carácter. Me cae bien», reconoce Federer. Y cuando vio a su archienemigo llorando en Australia, Nadal refrenó su entusiasmo y sólo quiso consolar a su oponente: «Sé lo que se siente. Sé lo duro que es. Lo siento. Pero eres un gran campeón, uno de los mejores de la historia».
Aquel momento mágico cautivó a la periodista y editora Helena López-Casares, que decidió escribir un libro: 'Nadal, pasión y coraje' (Lid Editorial): «Un comentarista francés afirmaba que a cualquier aficionado al tenis le gustaría jugar como Roger Federer, pero que todo hombre quiere ser Rafa Nadal. Eso lo resume todo». López-Casares coincide con el psicólogo David Llopis en subrayar un detalle que refleja la humildad del campeón: «En los Juegos de Pekín, se alojó en la Villa Olímpica, con todos los demás deportistas, y no en hoteles de lujo, como hicieron otros tenistas».
«Nunca mira el retrovisor»
El embrujo del campeón español es tal que Santiago Álvarez de Mon, sociólogo y profesor del IESE, presenta su caso como ejemplo a los futuros empresarios. «Me fascina su capacidad de aprender siendo el número uno -advierte-. No se aburguesa. Ahora ha cambiado su saque; cada vez volea mejor... Podía haberse quedado en las pistas de tierra, pero siempre se pone nuevos retos. Nunca mira el espejo retrovisor». El profesor Álvarez de Mon no sólo habla de Nadal, sino también de su tío Toni, el entrenador: «La exigencia es muy importante. El que no te exige es porque no te valora. La sociedad ha perdido el sentido del esfuerzo, pero Toni ha sabido inculcárselo a Rafa. Y ojo: siempre con mucho cariño. Esto también sirve para los directivos. Para exigir no hay que ser insensible ni distante. También hay que saber dar calor».
Gestionar el éxito temprano a veces resulta difícil para unos chavales que, de pronto, se ven alzados a un fascinante universo de dinero, chicas, fama y periodistas. Pero ahí interviene la familia. Rafa ganó un torneo importante cuando aún era un chiquillo. En plena celebración, su padre y sus tíos le enseñaron unas fotografías y le preguntaron si conocía a alguno de aquellos tenistas. Sólo señaló a Álex Corretja. «Pues los demás -le dijeron- han ganado el mismo torneo que tú». «Eso es una lección de humildad», resume Álvarez de Mon.
«Claro que he visto gente que pierde el sentido de la realidad», recuerda el ex futbolista Miguel Ángel Nadal, actual ayudante de Laudrup en el Mallorca: «El éxito trae a veces gente poco recomendable. Pero nunca temí que eso le pasara a Rafael. Él siempre fue maduro y la familia es una parte importante de su vida». Su tío, «orgulloso» tras su triunfo en el US Open, incluso le ha perdonado que sea tan devoto del Real Madrid: «Aunque, cuando yo jugaba en el Barcelona, quería que ganase... Es del Madrid, pero creo que también simpatiza con el Barça». Definitivamente, todo es posible para Rafa Nadal.






