Vicente Tormo y sus hijos han pasado de ser víctimas a acusados en cuestión de horas. Esta familia de labradores de Aielo de Rugat ha soportado durante más de una semana cómo entraban en sus campos diariamente y les robaban los melocotones que cultivan con total dedicación.
El agricultor y sus hijos, hartos de aguantar los continuos robos de sus cosechas, vigilaban a todas horas sus terrenos para intentar sorprender a los ladrones. La gota que colmó el vaso fue el 20 de agosto, cuando sufrieron tres hurtos el mismo día, y a la mañana siguiente decidieron ampliar la guardia de los campos. Uno de los hijos, que volvía de cacería y iba con su escopeta, pasó por el huerto una vez más, pero esta vez sí que encontró al presunto ladrón con las manos en la masa.
Acto seguido, le amenazó con su arma al observar que este también llevaba otra escopeta. Llamó a su padre, quien acudió al lugar de los hechos acompañado de su otro hijo. Los tres decidieron llevar al cuartel de la Guardia Civil de Castelló de Rugat el arma del presunto ladrón, que abandonó su escopeta en el campo y huyó. Pero lo que no esperaban ellos era que el intruso se encontraba allí también para presentar una denuncia contra ellos por amenazas.
Unos días más tarde, el cabo de la Guardia Civil de Castelló de Rugat se presentó en la casa del agricultor para exigir que el hijo entregase todas las escopetas, y acto seguido lo detuvo. El presunto ladrón quedó en libertad tras alegar que estaba cazando.
El arrestado pasó todo el día de un lado para otro entre cuarteles y juzgados como un delincuente: por Castelló de Rugat, luego por Gandia para más tarde acabar en Ontinyent, donde finalmente la jueza lo dejó en libertad y ordenó un juicio rápido, que se celebró el día 25 de agosto.
Para evitar que al agricultor le quedasen antecedentes penales, pues era una palabra contra la otra y no se pudo averiguar quién poseía la razón absoluta, la solución final ha sido un acuerdo. El pacto se ha basado en una multa para el agricultor de 160 euros, más un tercio del coste del juicio y sólo 240 euros de multa, más un tercio del coste del juicio para el presunto ladrón. La diferencia es inapreciable, tan sólo 80 euros separa a uno del otro.
«Se ha obviado la sensación de indefensión y el evidente nerviosismo que ha ocasionado a nuestra familia», comenta el progenitor. Unos días más tarde del juicio, Tormo sorprendió de nuevo a otro ladrón hurtando en su campo de melocotones, pero ya no se atrevió a amenazarle y tuvo que limitarse, impasible, a observar cómo le sustraía unas cuantas cajas de melocotones.
A todo esto se añaden los problemas que está teniendo el cazador para recuperar sus escopetas por el incidente. Tras el juicio al agricultor le ha quedado una cosa muy clara: «He pasado de ser afectado a acusado e imputado. ¿Qué será lo siguiente?», se queja indignado el labrador. Esta historia no es la primera que pasa ni la única. Los agricultores se encuentran en una situación total de indefensión a su persona y a sus cultivos y propiedades.









